‘Ghost in the Shell: Stand Alone Complex’

“Gente basada en lo analógico como tú,
da igual cuántos componentes digitales añadáis mediante cyberización
o prótesis, vuestro Fantasma nunca será dañado”.

En 1999, el cine comercial de Hollywood se revolucionaba por culpa de una única película, ‘Matrix’, escrita y dirigida por las hermanas Wachowski. Aquella cinta presentaba a un protagonista, Neo, que descubría que el mundo en el que vivía no era más que una simulación para esconder el mundo postapocalíptico real, y que estaba muy influida por, entre otras cosas, ‘Ghost in the shell’, un anime de 1995 que parecía ir un paso más allá de lo que ‘Blade Runner’ y el cyberpunk de William Gibson habían llegado.

Aquella ‘Ghost in the shell’, que trasladaba al cine un manga de Masamune Shirow, presentaba un Japón futurista en el que casi toda la población había sustituido partes de su cuerpo por prótesis cibernéticas, en las que había tanto cyborgs artificiales como seres humanos que se habían transformado poco a poco en uno de ellos, y donde era habitual el “hacking de mentes” y la presencia de un “fantasma en el caparazón”, de una entidad que pudiera pasarse de un cuerpo a otro manteniendo los recuerdos y la personalidad originales. En la película, un terrorista se dedicaba a perseguir ese elusivo fantasma mientras, a su vez, era perseguido por la Sección 9 y la mayor Motoko Kusanagi, una cyborg más compleja de lo que puede parecer a simple vista.

‘Ghost in the shell’ se convirtió en el gran éxito del anime fuera de las fronteras de Japón, junto con ‘Akira’. Eran historias futuristas que no se quedaban sólo en el aspecto de acción, o de thriller, o en la especulación sobre los avances tecnológicos, sino que introducían conceptos filosóficos, políticos y sociales que, en el caso de la primera, se trasladaron a una de sus continuaciones en televisión, ‘Ghost in the shell: Stand Alone Complex’.

Seguir el rastro de todas las temporadas, las OVAs (películas producidas para su lanzamiento directo en DVD) o los spin-off de los animes puede ser bastante complicado, y el universo creado alrededor del manga original de Shirow no es ninguna excepción, pero uno de los mejores ejemplos de ese universo es esta serie, que tuvo dos temporadas emitidas entre 2002 y 2005 y que recuperaba a la Sección 9, a la mayor Kusanagi y esos temas más políticos y sociales. Esta Sección 9 es una división especial de la policía, dedicada a investigar crímenes cibernéticos, que a lo largo de esas dos entregas resuelve tanto casos sueltos como intenta cazar a un terrorista llamado el Hombre que Ríe, alguien que actúa contra los estamentos más altos de la policía y que es un consumado hacker. Mantiene su identidad astutamente oculta entre la multitud de desencantados con el sistema y ataca tan de improviso como vuelve después a la oscuridad. Es el objetivo de la sección durante toda la primera temporada, y en su creación se nota la influencia de un grupo terrorista real que actuó en Japón, el Fantasma de las 21 Caras. Este grupo se dedicó a extorsionar, entre 1984 y 1985, a los directivos de las empresas de dulces Glico y Morinaga, rompiendo la sensación de los japoneses de que su país era seguro. Actuó durante 17 meses, enviando cartas a las periódicos con avisos de que había envenenado caramelos de ambas empresas y pidiendo dinero para cesar sus actividades. Y tal como había empezado a actuar, el grupo desapareció sin dejar rastro.

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‘Ghost in the shell: Stand Alone Complex’ utiliza esa trama del Hombre que Ríe para ir trazando lentamente un tapiz bastante más amplio de fondo, y que no se termina de ver del todo hasta su segunda temporada, apodada ‘2nd Gig’. El equipo de la mayor Kusanagi se las tiene que ver a menudo con maniobras políticas oscuras, que apuntan a tramas de corrupción y manipulación de la sociedad bastante perturbadoras. Al mismo tiempo, hay historias más centradas en esa “cyberización” progresiva de los humanos y en la obsesión de algunos hackers por ser capaces de “entrar” en la mente, en el “fantasma” de otras personas, y dominarlas por completo. Y los miembros de la Sección 9 tiene que enfrentarse, al mismo tiempo, a sus propios errores del pasado, que suelen regresar para meterlos en nuevos problemas.

La trama del Hombre que Ríe presenta temas de fondo sobre corrupción, maniobras clandestinas políticas y cuestiones éticas sobre cyborgs

Hay unos personajes que, además, representan esa manera en la que la serie va haciendo evolucionar sus temas de fondo, que son los Tachikomas. Éstos gigantescos robots con forma de tanque con patas asisten a la mayor y a su equipo en las diferentes misiones, pues están armados y poseen, por ejemplo, la capacidad de hacerse invisibles. Son, en realidad, inteligencias artificiales atrapadas dentro de esos corpachones metálicos, diseñadas para actuar todas en equipo. Sin embargo, conforme los Tachikomas trabajan más con la Sección 9, empiezan a desarrollar personalidades individuales y a evolucionar cada uno por su cuenta. Arrancan un poco como el alivio cómico, como los “niños” de la Sección, pero llegan a tener sesudas conversaciones filosóficas sobre su toma de autoconsciencia progresiva y presentan otro lado de las historias sobre los robots que se rebelan.

‘Ghost in the Shell: Stand Alone Complex’ tiene acción, sí, componentes de misterio y Kusanagi es igual de interesante que en la película inicial, pero puede profundizar más en los temas que trataba aquella. La manera en la que alterna capítulos autoconclusivos con otros que avanzan la trama serializada puede frustrar un poco a los espectadores menos pacientes, pero no hay que tener prisa. Sus responsables saben lo que están haciendo.

Cinco capítulos imprescindibles

  1. ‘Jungle cruise’ (1×10)
  2. ‘Lost heritage’ (1×18)
  3. ‘Stand Alone Complex’ (1×26)
  4. ‘Poker face’ (2×14)
  5. ‘Martial Law’ (2×23)

El personaje

motoko

La mayor Motoko Kusanagi bien puede ser el personaje más irónico que ha dejado la saga ‘Ghost in the shell’. Al poseer un cuerpo completamente cyberizado, está casi más cerca de una superheroína, con una gran fuerza física, la capacidad de camuflarse con el entorno de tal manera, que parece ser invisible, y una notable capacidad para entrar en las redes de información que unen las mentes de otros cyborgs y otras personas para buscar pistas que le ayuden a resolver los casos. En el paso de la película a la serie, sin embargo, Kusanagi tardó en encontrar su camino y una caracterización más profunda de la que había tenido en la película.

Su historia se cuenta en un episodio en la segunda temporada, aunque se dejan caer algunos detalles en la primera, y ayuda a que los espectadores entiendan su entrega a la Sección 9. A lo largo de los diferentes animes y secuelas que ha habido de la historia original, el retrato de Kusanagi ha ido cambiando, pero lo que se ha solido mantener es el hecho de que lleva siendo una cyborg durante casi toda su vida y, por lo tanto, a veces busca recordar algunas emociones humanas por su cuenta y riesgo. También es muy celebre su exiguo vestuario, especialmente su desnudez cuando opta por utilizar el camuflaje de invisibilidad.

El creador


Masamune Shirow es el creador del manga original en el que se basa todo el universo en cine y televisión de ‘Ghost in the Shell’, pero el responsable de ‘Stand Alone Complex’ es Kenji Kamiyama, un reputado director y guionista de animes que empezó como artista de fondos en ‘Akira’ o, curiosamente, ‘Patoaventuras’. ‘Ghost in the shell: SAC’ fue su primer gran proyecto como director y se encargó también, en 2006, de una secuela, ‘Solid State Society’. En esos proyectos, ha intentado mantenerse fiel al material de Shirow, aportando más humanidad a las historias. Su última gran serie, hasta el momento, es ‘Eden of the East’, de 2009, que arranca con un ataque con misiles, sin víctimas, y va contando la historia de una chica que vuelve de una estancia de intercambio en Estados Unidos, un joven que ha perdido la memoria y un grupo que afirma trabajar para salvar Japón.

FICHA

Título original: “Kôkaku Kidôtai: Stand Alone Complex”
Cadena/nacionalidad: Sky PerfecTV-Animax/Japón
Creador: Kenji Kamiyama
Año: 2002-05
Temporadas/capítulos: 2 (52)
Otros: Basada en el manga ‘Ghost in the shell’, de Masamune Shirow

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‘Real humans’

“Están vivos. Tienen conocimiento. 
Sueñan, crean y se equivocan, como nosotros. No son perfectos”.

En 1921, el dramaturgo checo Karel Capek estrenaba la obra de teatro ‘R.U.R.’, o lo que es lo mismo, ‘Rosumovi Univerzální Roboti’, que significa algo así como “los robots universales de Rosumov”. Era la primera vez que se utilizaba esa palabra, robot, y denominaba a unos seres artificiales, fabricados con materia sintética, pero orgánica, que estaban al servicio de los humanos. Era una evolución moderna e industrializada del monstruo de Frankenstein, que Mary Shelley había creado en 1818, y llevaba un paso más allá algunos de los temas que la novelista británica había introducido en su libro. Los robots de Capek podían pensar por sí mismos y no estaban esclavizados, al contrario; estaban contentos de trabajar para los humanos, hasta que dejaban de estarlo. Es el esquema básico que han seguido después multitud de historias que tratan de la relación entre humanos y robots, sobre todo si esos seres artificiales son androides con una apariencia humana tan perfecta, que hasta podría decirse que son más humanos que nosotros mismos, como se afirmaba en ‘Blade Runner’ sobre los replicantes.

Los replicantes son, tal vez, el paso evolutivo anterior a los hubots, los robots que presenta la serie sueca ‘Real humans’. Estos hubots también son muy parecidos a los humanos, aunque no pueden evitar cierta aura de máquina, de estar siguiendo una programación que los clasifica según la tarea en la que se requiera de su asistencia. Los hay preparados para hacer las tareas del hogar, para cuidar de ancianos, para trabajar como operarios en cadenas de montaje, como albañiles… Hasta existen modelos que permiten que sus dueños realicen con ellos otras actividades recreacionales menos públicas.

Los hubots se pueden comprar en tiendas que no se diferencian demasiado de un concesionario de coches y son el accesorio más popular entre las familias de clase media. Todo el mundo quiere tener uno, como si fueran el último modelo de iPad. Pero no todo el mundo está preparado para asumir esa invasión de una tecnología que puede significar la sustitución definitiva de los hombres por las máquinas. Quienes opinan de ese modo se agrupan alrededor de un partido político llamado Äkta Människor, humanos verdaderos, que es el título original de la serie, y su reticencia a aceptar esa tecnología no siempre va a ser relativamente pacífica. Del mismo modo que la integración de los hubots en la vida cotidiana de los suecos de a pie tampoco va a serlo. Porque, ¿quién les niega a los androides la capacidad de decidir por sí mismos lo mejor para ellos, de ser libres? ¿Y quién niega a los humanos la posibilidad de enamorarse de una máquina?

La vieja pregunta de “qué nos hace humanos” es el tema principal de ‘Real humans’ y sus hubots al servicio de una sociedad como la nuestra

Lars Lundström, el creador de la serie, afirmaba al diario inglés The Independent que, en parte, por ahí se le había ocurrido la idea de ‘Real Humans’. Si todos tuviéramos sirvientes robóticos con los que pudiéramos tener sexo, ¿qué consecuencia tendría en nosotros? “Me fascinaba lo que eso podría hacer a las relaciones humanas. ¿Las estropearía o sería útil?”, apuntaba Lundström al periódico, y es una cuestión que está muy presente en la serie desde el principio. De hecho, cuando arranca el primer capítulo, asistimos a la huida de un grupo de hubots, liderada por un joven activista humano que está enamorado de una de las androides. Pretenden llevar una vida independiente, al mismo tiempo que vemos hasta qué punto ha abrazado la ciudadanía esta nueva tecnología.

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La exploración de qué nos hace humanos es parte importante de la serie, como lo es de cualquier título que pretenda tratar con un mínimo de seriedad el tema de los androides de apariencia humana, y que trabajan integrados entre ellos. Los replicantes no tardaron demasiado en darse cuenta de que los recuerdos que les habían implantado no eran suyos, y de que era injusto que tuvieran una vida media de dos o tres años. Si eran casi indistinguibles de los humanos, ¿por qué tenían que ser inferiores a ellos, ser tratados como máquinas sin libre albedrío ni personalidad propia? ‘Real Humans’  explora todo esto mostrando cómo se adaptan dos familias a tener hubots en casa, y a través de una ambientación que podría ser perfectamente la de ahora mismo. La serie no está situada en un futuro lejano, de espacios inmaculados y llenos de tecnología, sino en el ahora más inmediato; como mucho, tiene lugar en la sociedad de dentro de diez años, una sociedad en la que podrían haber evolucionado los robots desarrollados en la actualidad por compañías como Honda o Toyota.

Porque las máquinas están muy presentes en nuestras vidas cotidianas, pero todavía tienen el aspecto de máquinas. Hay brazos robóticos que montan coches o realizan delicadas operaciones médicas, y hay robots de apariencia más o menos humanoide (o más similares a Rocketeer) que trabajan en la Estación Espacial Internacional, y cada vez más facetas de nuestra existencia están entregadas a algún tipo de robot.

De hecho, ya hay algunos ejemplos de androides que podrían pasar por modelos iniciales de los hubots de ‘Real Humans’, como los fabricados por el profesor Hiroshi Ishiguro, del Laboratorio de Robótica Inteligente de la universidad de Osaka (Japón). Sus robots, como el modelo Actroid, tienen apariencia humana y son capaces de reproducir algunos movimientos faciales, y uno de ellos, el Geminoide, es una réplica bastante fiel del propio Ishiguro. Los vídeos que hay de ese modelo pueden hacernos creer que estamos ante uno de los androides de ‘Real Humans’, y que no falta mucho para que empiece a desarrollar una consciencia de su propia individualidad, y a cuestionarse el sentido de su existencia. Y entonces, ¿quién será capaz de distinguir a los verdaderos humanos?

El personaje

anita

En ‘Real humans’ son tan importantes los humanos que utilizan hubots para su vida cotidiana como los robots que empiezan a adquirir consciencia propia, o los que ya son entes independientes y buscan huir del yugo, y de la desconfianza, de los humanos. Hay un personaje que funciona un poco como puente entre todos esos mundos distintos, que es Anita (Lisette Pagler). O Mimi, que era su nombre cuando era una hubot libre que estaba en la clandestinidad. En el primer capítulo, es atrapada y puesta de nuevo en funcionamiento como robot de servicio, con su memoria formateada. Acaba en casa de una familia convencional donde la madre no está muy convencida de que tener un hubot sea necesario, y donde el padre comienza a tener curiosidad por qué otras cosas puede hacer Anita con las actualizaciones de software disponibles.

El lento proceso de Anita recordando quién es en realidad, y todas las consideraciones éticas y morales que despierta la manera en la que esa familia la utiliza, son un eje importante de la primera temporada de la serie. También lo es porque sus compañeros liberados la buscan, especialmente Leo, un humano que se une a su causa y que está enamorado de ella, y eso ofrece otro punto de conflicto importante. El conocimiento que tiene el espectador de lo que Anita había logrado antes de volver a ser un electrodoméstico consigue que gran parte de las interacciones que la familia tiene con ella acaben siendo bastante perturbadoras.

Cinco capítulos imprescindibles

  1. 1×01
  2. 1×05
  3. 1×10
  4. 2×02
  5. 2×10

El creador


Lars Lundström llevaba años pensando en la idea detrás de ‘Real humans’, mientras trabajaba como guionista en bastantes series de la televisión sueca. Su especialidad eran los policíacos, hasta escribiendo para la adaptación escandinava de las investigaciones del inspector Wallander, de Henning Mankell, pero su consagración ha sido esta serie de ciencia ficción en la que intentaba explorar, desde todos los ángulos, cómo sería realmente tener unos asistentes robóticos en casa que fueran capaces de hacer prácticamente lo mismo que hacemos los humanos, y que además se parecieran enormemente a nosotros.

Lundström quería que los hubots fueran una tecnología neutra, que no es ni buena ni mala, sino que depende de lo que sus usuarios hagan con ella. Quería escapar de lo que, a su juicio, es el tratamiento más común en las historias de robots que viven entre los humanos: “Muchas historias de robots han sido en blanco y negro, los humanices son presentados como una amenaza que tiene que superarse. Eso me parece aburrido”.

Ficha

Título original: Äkta människor
Creador: Lars Lundström
Cadena/nacionalidad: SVT/Suecia
Año de emisión: 2012-14
Reparto: Lisette Pagler, Pia Halvorsen, Johan Paulsen, Natalie Minnevik, Josephine Alhanko
Temporadas: 2 (20 capítulos)
Otros: Tiene un remake de AMC y Channel 4 titulado ‘Humans’

‘Survivors’

“Vamos a tener que empezar de cero otra vez.
Vamos a tener que reaprender las habilidades que 
habíamos olvidado”.

La gripe española de 1918 fue una de las peores epidemias que ha sufrido la humanidad en la época moderna. La combinación de las terribles condiciones en las que luchaban los soldados en la Primera Guerra Mundial, atrapados durante meses en trincheras llenas de barro, de la conexión más rápida entre distintas partes de Europa que ofrecía el ferrocarril y de los insalubres barrios donde vivía una buena parte de la población de las ciudades llevó a que 50 millones de personas sucumbieran en un año a un virus que, en la actualidad, sigue cobrándose algunas vidas todos los inviernos, debilitando los sistemas inmunes de personas ya muy enfermas y débiles.

El virus de la gripe, además, tiene la capacidad de mutar en cada temporada, razón por la que vacunarse una sola vez de él no protege en los años siguientes, y los científicos siempre han temido que, con su alto factor de contagio, si alguna de esas cepas se desarrollara en los animales y saltara a los humanos, la epidemia sería muy difícil de contener en el nuevo mundo hiperconectado actual, en el que un vuelo de cinco horas podría llevar a una persona enferma de gripe de Madrid a Moscú.

La movilidad cada vez más sencilla y rápida por todos los confines del globo aumenta el viejo temor a la plaga, a la pandemia, a la enfermedad que sea lo suficientemente potente y resistente como para acabar exterminando a una parte importante de la población mundial. El castigo bíblico nunca se pasa de moda.

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Lo que va variando es la epidemia concreta que acaba con la humanidad. La elevada mortalidad de la peste negra en la Edad Media puede considerarse todavía el “estándar” cuando la ciencia ficción se adentra en historias de pandemias, pero cada época ha tenido una enfermedad que concentraba los miedos del común de los mortales. En los años 80 pudo ser el sida y, casi veinte años después, el ébola, pero la gripe siempre ha tenido un hueco especial en al arsenal de armas biológicas utilizadas por los autores de ciencia ficción. Se contagia por el aire con gran facilidad y rapidez, y cualquier mínima tos puede activar todas las alarmas y los comportamientos más extremos. Y no hay más que imaginar una pandemia de gripe aún más fuerte que la de 1919 para crear un título post-apocalíptico como ‘Survivors’.

Originalmente, ese mundo arrasado por la gripe fue imaginado por Terry Nation, veterano guionista y novelista británico (responsable también del nacimiento de los daleks de ‘Doctor Who’), en la década de 1970, pero para cuando la BBC quiso hacer una lectura contemporánea, probablemente no imaginaba que sería mucho más relevante de lo esperado. Esta nueva ‘Survivors’ nos lleva a un Reino Unido actual, en el que lo que empieza como un serio caso de contagio masivo de gripe, acaba transformándose en una epidemia que acaba con la vida de buena parte de la población. Sólo quedan unos pocos supervivientes, gente que nunca llegó a infectarse, y que ahora tiene que encontrar la manera de seguir con sus vidas.

‘Survivors’ explora la cuestión más clásica en todas las historias post-apocalípticas: ¿qué tipo de sociedad se quiere crear? ¿Se aboga por un nuevo sistema, o se vuelve a caer en los vicios de siempre? En condiciones de supervivencia, ¿es el hombre bondadoso o, como creía Thomas Hobbes, por naturaleza, el hombre es un lobo para la hombre? La plaga de gripe es algo que ya ha quedado atrás para los supervivientes (esto no es una historia de zombies), y a ellos sólo les preocupa encontrar comida, agua, un techo donde guarecerse, y protegerse de quienes intenten quitarles algunas de esas cosas.

‘Survivors’ fue víctima de su propia premisa; la gripe aviar de 2009 retrasó su segunda temporada casi un año

Es cierto que hay, muy al fondo, una trama sobre unos científicos que buscan una manera de comprender qué ha pasado (o que pueden tener otros objetivos), y que una de las protagonistas cae enferma de gripe al principio de la serie y consigue recuperarse, pero ‘Survivors’ tampoco tuvo demasiado tiempo de explorar el mundo que había creado. Poco después de su emisión, en 2009, se desató la alarma por la gripe aviar, se generaron todo tipo de protocolos de actuación para evitar un contagio masivo a nivel global, los gobiernos compraron millones de vacunas a los laboratorios farmacéuticos y, al cabo de un año, aproximadamente, la tan temida pandemia no llegó a producirse. La BBC, sin embargo, no se atrevió a estrenar la segunda temporada de ‘Survivors’ en medio de aquel clima. La retrasó durante casi un año. Una serie que no era más que ciencia ficción, de repente se había convertido en la representación de los peores temores de la población. No se podía alimentar aún más la hoguera de la paranoia.

Por cierto, la gripe española de 1918 se llamó así porque fueron los periódicos españoles los primeros en informar de la epidemia.

El personaje

Survivors (2008) - Episode 1

La principal protagonista de ‘Survivors’ en Abby Grant (Julie Graham), una mujer que lleva una vida normal y corriente cuando se desata la pandemia de gripe, pero que tiene algo que la convierte en una persona muy valiosa; es la única que se contagió de la enfermedad y, aun así, logró recuperarse y sobrevivir. Eso hace que Abby sea el foco de la trama de conspiración empresarial que aparece con más relevancia en la segunda temporada, y a través de ella, los espectadores van averiguando qué causó la epidemia y qué objetivos buscan esos científicos que, al principio, no son más que misteriosas presencias esporádicas.

Abby es, también, la líder del pequeño grupo de supervivientes que centra ‘Survivors’. Ella sólo quiere, inicialmente, buscar a su hijo Peter, desaparecido en los primeros momentos de la pandemia, pero acaba ejerciendo también como la brújula moral de la serie, la persona que intenta mantener a los supervivientes dentro de los límites de la civilización, aunque ésta se haya derrumbado a su alrededor. Abby tenía sus principios muy claros, y que ese nuevo mundo los vaya poniendo a prueba era parte, igualmente, de la serie.

El creador


Adrian Hodges (1957) es más conocido por haber creador la serie fantástica ‘Primeval’, en la que un grupo de científicos se dedica a investigar la aparición, por todo el Reino Unido, de criaturas prehistóricas. A finales de la década de 2000, era una de las series más populares de BBC, así que no era extraño que, cuando la cadena quiso revivir la vieja serie de Terry Nation, acudiera a él para ponerla en marcha. Hodges es un guionista muy veterano, que ha trabajado en televisión como en el cine (en ‘Mi semana con Marilyn’, por ejemplo), y en los últimos años se ha encargado de ‘The musketeers’, una nueva adaptación de las novelas de Alejandro Dumas, también para BBC.

Cinco capítulos imprescindibles

  1. 1×01
  2. 1×06
  3. 2×03
  4. 2×05
  5. 2×06

Ficha

Cadena/nacionalidad: BBC/Reino Unido
Creador: Adrian Hodges
Año: 2008, 2010
Reparto: Julie Graham, Paterson Joseph, Max Beesley, Zoë Tapper, Phillip Rhys, Nikki Amuka-Bird
Temporadas/capítulos: 2 (12)
Otros: Remake de una serie de 1975 creada por Terry Nation, basada en un libro suyo

‘The man in the High Castle’

“Perdimos la guerra, ¿no? Ya ni me acuerdo por qué luchábamos”.

¿Y si los alemanes hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial? ¿Y si hubieran conseguido la bomba atómica antes que Estados Unidos y la hubieran lanzado sobre la costa este del país? ¿Y si el presidente Roosevelt hubiera sido asesinado en 1933? Esa última pregunta es la que da inicio a la historia alternativa ideada por Philip K. Dick, en 1962, en su libro ‘El hombre en el castillo’. Franklin D. Roosevelt, el presidente que sacó a Estados Unidos de la Gran Depresión y que, después, jugaría un importante papel en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, sufrió realmente un intento de asesinato en Miami, el febrero de 1933. Él salió ileso, y el que recibió la bala en su lugar fue el alcalde de Chicago. Dick construye la historia sobre la suposición de que Roosevelt murió aquel día y que, como consecuencia de ello, el país se volvió más aislacionista y, para cuando estalló la guerra, tuvo poco que hacer ante la potencia militar de Alemania y Japón.

‘El hombre en el castillo’ es lo que se denomina una ucronía, una historia alternativa que intenta resolver la duda de qué habría pasado si un determinado hecho histórico hubiera ocurrido de otra manera. Dick se inspiró en historias, por ejemplo, que imaginaban cómoo habrían sido Estados Unidos si los estados confederados del sur hubieran ganado la Guerra de Secesión, y ese mismo principio es el que impulsa ‘The man in the High Castle’, la adaptación a televisión, bastante libre, que se convirtió en una de las mayores apuestas de Amazon para reforzar su servicio de vídeo en streaming.

La serie tiene un punto de partida ligeramente diferente al del libro. En su caso, los nazis se adelantaron a los estadounidenses en la fabricación de la bomba atómica y la lanzaron sobre Washington, lo que llevó a la capitulación del país y de los aliados y a la victoria de las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial. Como resultado, alemanes y japoneses se dividen Estados Unidos; los primeros se quedan con la costa este y casi toda la parte central del país, mientras a Japón le corresponde la costa oeste. Entre ambas regiones se establece una zona neutral en las Montañas Rocosas, y esa situación se mantiene sin cambios durante veinte años. Sin embargo, con la década de 1960 ya bastante avanzada, la salud de Adolf Hitler se deteriora y empiezan a moverse las diferentes facciones que ansían sucederlo en el poder. Y, al mismo tiempo, los japoneses empiezan a sospechar que varias de esas facciones pretenden atacarlos en cuanto tengan la oportunidad.

‘The man in the High Castle’ se pregunta cómo sería la vida normal bajo la ocupación y opresión de la Alemania nazi

‘The man in the High Castle’ traslada, de una manera bastante interesante, algunos de los aspectos de la posguerra mundial a esa ucronía con la que han coqueteado otros novelistas, aparte de Dick. Alemania y Japón están inmersos en su propia Guerra Fría, por ejemplo, y que la primera consiguiera la bomba atómica genera grandes suspicacias y recelos en los japoneses. Ambos países manejan una retórica triunfalista y nacionalista para mantener contentos a sus ciudadanos, y continuar la opresión sobre los habitantes de las zonas ocupadas, pero donde la serie logra destacar en el retrato de dos oficiales de ambos gobiernos.

Uno es el Ministro de Comercio de los Estados Pacíficos de América, Nobusuke Tagomi, que ve con creciente preocupación los movimientos por el poder que están produciéndose en Alemania, y que siente también una gran curiosidad por la protagonista de la serie, Juliana Crane, una joven de San Francisco que se ve arrastrada a trabajar con la resistencia. Tagomi tiene la sensación de que algo no va bien, de que las cosas no encajan y de que, entre todos, no están haciendo más que empeorarlas, pero está constreñido por las rígidas tradiciones de su país. El otro hallazgo es el Obbergruppenführer de las SS John Smith, un tipo que sería el típico americano medio perfecto que pintaban los anuncios que Don Draper hacía en ‘Mad Men’ si no fuera porque es un cruel oficial del ejército nazi, y su responsabilidad es aplastar a la resistencia con todos los métodos a su alcance.

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Tagomi y Smith acaban siendo los dos polos alrededor de los que gira ‘The man in the High Castle’, aunque los protagonistas nominales sean la propia Juliana, un camionero de Nueva York llamado Joe y Frank, el novio de Juliana. Todos ellos intentan encontrar unas misteriosas películas que muestran lo que parecen informativos cinematográficos en los que Estados Unidos ganó la Segunda Guerra Mundial, y que pretenden tanto Hitler como el misterio hombre en el castillo que da título a la serie. ¿Quién es él? ¿Qué son esas películas? ¿Realmente son propaganda peligrosa? ¿O son algo más?

‘The man in the High Castle’ sólo toca superficialmente el misterio detrás de ellas en su primera temporada porque lo que acaba interesándole más es otra cosa, es mostrar cómo se puede vivir en un estado ocupado y represor, y aceptarlo. En la manera en la que vemos a gente de a pie no sorprenderse porque el hospital del pueblo incinere todos los martes a los enfermos tullidos o terminales, por ejemplo, es donde la serie encuentra su toque personal. No es tanto una historia de resistencia contra el opresor, sino un ejercicio de hipótesis de cómo reaccionarían los estadounidenses comunes ante una situación política así. Y la respuesta no es demasiado esperanzadora.

EL PERSONAJE

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Aunque los protagonistas de ‘The man in the High Castle’ sean Juliana (Alexa Davalos) y Joe (Luke Kleintank), es el Obbergruppenführer John Smith (Rufus Sewell) el que acaba siendo el personaje más interesante de la serie. Smith tiene una posición elevada en el mando nazi en el territorio anexionado estadounidense y despacha sin contemplaciones a todos los traidores y miembros de la resistencia que se encuentre. Tiene también la vida que vendía la publicidad del “sueño americano”: Smith tiene una buena familia, un buen trabajo y una casa en las afueras con su valla blanca, su jardín, y su bandera en el porche, con la diferencia de que la bandera luce una esvástica, de que Smith viste el uniforme negro de las SS y de que su hijo está en las Juventudes Hitlerianas.

A lo largo de la primera temporada, la fachada perfecta de John Smith se va agrietando. Para empezar, hay asuntos en su pasado con los que nunca hizo del todo las paces, y empiezan a suceder cosas en su familia que van minando poco a poco su creencia sin fisuras en el régimen nazi, que ha aplicado los mismos principios de la pureza de la raza en Estados Unidos. Smith es el villano nominal de ‘The man in the High Castle’, pero la primera temporada va pintando diferentes matices en todos los personajes, y tanto él como los responsables de seguridad japoneses van ganando mucho interés en el proceso.

EL CREADOR

El responsable de poner en pie ‘The man in the High Castle’ fue Frank Spotnitz (1960), que abandonó después la serie al acabar la primera temporada. Spotnitz es un guionista muy veterano en la televisión, que dio a conocerse, sobre todo, por su participación en ‘Expediente X’. Trabajó también en otras tres series producidas por Chris Carter, el creador de ese título de FOX; ‘Millenium’, ‘Harsh realm’ y ‘The Lone Gunmen’, y después se ha dedicado, sobre todo, a historias policiacas y de acción.

Se encargó de crear la miniserie de espías ‘Hunted’ para BBC y también relanzó para Cinemax otro título de la televisión pública británica, ‘Strike Back’. Su próximo proyecto es una co-producción en inglés para la RAI italiana, ‘Medici: Masters of Florence’, con Dustin Hoffmann en el papel principal.

CINCO EPISODIOS IMPRESCINDIBLES

  1. ‘The new world’ (1×01)
  2. ‘Sunrise’ (1×02)
  3. ‘Three Monkeys’ (1×06)
  4. ‘Kindness’ (1×09)
  5. ‘A way out’ (1×10)

FICHA

Cadena/nacionalidad: Amazon/Estados Unidos
Año: 2015-
Creador: Frank Spotnitz
Reparto: Alexa Davalos, Luke Kleintank, Rufus Sewell, Rupert Evans, Cary-Hiroyuki Tagawa, DJ Qualls
Temporadas/capítulos: 1 (10)
Otros: Basada en el libro ‘El hombre en el castillo’, de Philip K. Dick

‘La mujer biónica’

“¡No soy tan biónica!”

A finales de la década de los 50, Estados Unidos y la URSS estaban enzarzados en la carrera espacial, una “competición” por ver cuál de los dos podía llevar antes al hombre al espacio. Ambos se lanzaron a ella empezando prácticamente de cero (y con la inestimable ayuda de investigaciones en cohetes hechas por científicos nazis durante la Segunda Guerra Mundial), y desconociendo por completo cómo afectaría al cuerpo humano el viaje hasta la órbita terrestre y la estancia en un entorno de microgravedad.

Se llevaron a cabo multitud de estudios sobre fisiología humana y sobre los hábitats más adecuados para la supervivencia de los futuros astronautas en el espacio, y cuando Estados Unidos y la recién nacida NASA comenzaron a formar a esos astronautas en el Proyecto Mercury, les sometieron, probablemente, a todas las pruebas médicas que se les ocurrieron. Era un terreno virgen para la medicina, así que se hacía necesario recopilar todos los datos posibles sobre la respuesta del cuerpo humano a todos los riesgos inherentes a los viajes espaciales.

En esa coyuntura, los investigadores Manfred E. Clynes y Nathan S. Kline, del hospital estatal de Rockland, en el estado de Nueva York, publicaron en 1960 un artículo científico titulado “Cyborgs y espacio”, y que abogaba por la modificación corporal de los astronautas para que se adaptaran mejor al entorno espacial. En su entradilla, el artículo decía que “alterar las funciones corporales del hombre para cumplir los requerimientos de los entornos extraterrestres sería más lógico que ofrecerle un entorno terrestre en el espacio… Sistemas orgánico-artificiales, que extenderían los controles inconscientes y autorreguladores del hombre, son una posibilidad”. Así nacía el cyborg, la mejora y extensión mecánica (cibernética) de las habilidades de un ente orgánico, de tal manera que ambas partes (la orgánica y la cibernética) fueran indistinguibles e indisociables una de la otra.

Edgar Allan Poe ya había imaginado, a mediados del siglo XIX, un ser así en un relato sobre un veterano de guerra con múltiples prótesis, pero la introducción del término cyborg, y los avances médicos del siglo XX, llevaron a esta figura a otro nivel, uno que se explora en la novela ‘Cyborg’, de Martin Caidin, que sería adaptada a televisión a principios de los 70 con el título de ‘El hombre de los seis millones de dólares’.

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Steve Austin, su protagonista, es un ex astronauta que tiene un accidente durante el vuelo de prueba de un avión, y el ejército le salva la vida implantándole piernas, un brazo y un ojo biónicos, artificiales. Estos implantes lo convierten prácticamente en un superhéroe que ayuda a la gente y acaba con malvados villanos todas las semanas, y al que le presentaron en un episodio a una mujer también biónica, como él, que debía ser su interés amoroso, pero cuyo cuerpo rechazó sus miembros cibernéticos y falleció. Sin embargo, Jaime Sommers y su intérprete, Lindsay Wagner, habían sido muy populares entre el público, por lo que la ABC decidió darle su propia serie, en la que Sommers se convertía en una agente secreta a sueldo de una organización llamada OSI, la misma para la que trabajaba Steve Austin.

La mujer biónica’ se estrenó en 1976, y ocupó en ABC el hueco que dejaba en su parrilla ‘Wonder Woman’, que después de su primera temporada se mudó a CBS. Sommers tenía capacidades físicas sobrehumanas, y aunque eso no la colocaba en el mismo nivel que Diana Prince (que era una princesa amazona, no lo olvidemos), adquirió el mismo éxito que la superheroína interpretada por Lynda Carter. De hecho, ‘La mujer biónica’ resultó ser una serie que, entre las misiones que su protagonista tenía que llevar a cabo y las escenas de acción en las que aprovechaba la ventaja que le daban sus implantes cibernéticos, acabó introduciendo un subtexto feminista muy interesante para la década de los 70.

El movimiento feminista de los 70 en Estados Unidos acabó teniendo una gran influenci en ‘La mujer biónica’

Nunca se cuestionaba que Sommers era tan capaz como sus colegas masculinos, y cuando alguno de los villanos lo hacía, se llevaba un comentario sarcástico, o directamente una reprimenda de ella. Al mismo tiempo, Jaime intentaba que se la valorara por algo más que por sus miembros biónicos, y todo esto se contaba en una serie de entretenimiento familiar, y que encontró su público más entusiasta entre los más jóvenes. ‘La mujer biónica’ reflejaba también la actividad del movimiento feminista estadounidense durante los 70, pidiendo sobre todo condiciones no discriminatorias en el entorno laboral, y lo hacía mostrando que Jaime Sommers era tan válida como Steve Austin.

El personaje

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Jaime Sommers (Lyndsay Wagner) era la heroína total de su serie, algo que en los 70 no era tan habitual. Pasó de ser un personaje invitado en ‘El hombre de los seis millones de dólares’, donde era la novia de Steve Austin que, para poner la nota trágica, tenía un accidente y moría, a pesar de recibir los mismos implantes biónicos que él, a convertirse en su igual en su propia serie. Muchos fans recuerdan todavía el ruido que hacía al correr con sus piernas cibernéticas, y el sentido del humor que utilizaba para sacar ventaja frente a sus rivales. En cuanto a la tendencia de mujeres fuertes, de heroínas de acción que viviría la televisión un par de décadas más tarde, Sommers fue una de las pioneras.

Su protagonismo permitía, además, reflejar algunos de los temas que las activistas feministas intentaban llevar a primer plano en la conversación social estadounidense. Tener un personaje protagonista como el de ‘La mujer biónica’ daba visibilidad a algunas de sus reivindicaciones y ayudaba a que los espectadores no se extrañaran si una mujer hacía un trabajo considerado tradicionalmente masculino. Que Sommers fuera una mujer profesional, que vivía sola y no estaba definida por su relación con un hombre (al menos en su propia serie) fue todo un avance para la época.

El creador

Kenneth Johnson (1942) es uno de los guionistas de ciencia ficción más activos de la televisión estadounidense. Su objetivo era acercar el género al público más masivo posible, sacarlo del nicho de los “frikis” que viven todavía en el sótano de su madre y de los adolescentes, y en sus series es habitual encontrar algún comentario social. En ‘La mujer biónica’ se acerca a las reivindicaciones feministas de igualdad de derechos con el hombre, por ejemplo, aprovechando el spin-off de ‘El hombre de los seis millones de dólares’ para hacer algo más original. También se encargaría de la serie de ‘El increíble Hulk’ con Lou Ferrigno y, en los 80, se atrevería con las alegorías sociales que permiten los contactos con extraterrestres en ‘V’ y ‘Alien Nación’.

Cinco capítulos imprescindibles

  1. ‘The deadly missiles’ (1×06)
  2. ‘The deadly missiles’ (1×06)
  3. ‘Doomsday is tomorrow’ (2×13)
  4. ‘Deadly ringer’ (2×15)
  5. ‘Motorcycle boogie’ (3×07)

Ficha

Título original: ‘Bionic Woman’
Cadena/nacionalidad: ABC-NBC/Estados Unidos
Creador: Kenneth Johnson
Año: 1976-78
Reparto: Lindsay Wagner, Richard Anderson, Martin E. Brooks, Ford Rainey, Jennifer Darling
Temporadas/capítulos: 3 (58)
Otros: Spin-off de ‘El hombre de los seis millones de dólares’. Tuvo un remake en 2007.

‘Dollhouse’

“La mente humana es como Van Halen.   
Si quitas una parte y no haces más que sustituirla, se degenera”.

Dos años antes de que Joss Whedon facturara una de las películas más taquilleras de todos los tiempos (‘Los Vengadores’), no era más que un guionista que arrastraba un culto de fans gracias a sus trabajos en televisión. ‘Buffy, la cazavampiros’ había renovado el género de instituto, casi sin que nadie se diera cuenta, utilizando vampiros, demonios y monstruos variados como alegorías de todos los temores habituales cuando uno está dejando atrás la adolescencia y entrando en la edad adulta, y aunque sus siguientes series no tuvieron el mismo éxito (‘Angel’ aguantó cinco temporadas en antena, pero a ‘Firefly’ sólo le dio tiempo a emitir once de los catorce capítulos que tenía rodados cuando FOX la canceló), cualquier noticia sobre un nuevo proyecto suyo enseguida provocaba que internet echara humo.

En 2008, se anunciaba que Whedon volvía a televisión, después de un intento fallido por poner en pie una película sobre Wonder Woman, y que lo hacía en una serie al servicio de Eliza Dushku, una de las actrices que habían pasado por ‘Buffy’, y que tenía un contrato de desarrollo de nuevos proyectos con FOX. La serie se llamaría ‘Dollhouse’, casa de muñecas, y tendría una premisa bastante original, pero que era al mismo tiempo un potencial campo de minas.

Esa casa de muñecas del título hacía referencia a una empresa que proporcionaba todo tipo de servicios a los clientes que pudieran pagarlo, servicios que llevaban a cabo los empleados de la casa, a los que se implantaba toda una gama de habilidades y recuerdos (y una personalidad) para que pudieran completar la tarea asignada. Una vez la finalizaban, esa identidad era borrada de su “sistema” y los “muñecos” quedaban como una tabula rasa, listos para recibir una nueva “misión” y, por tanto, una nueva personalidad. Lo perturbador de todo esto es que los activos de la casa de muñecas no eran robots; eran personas.

El punto de partida ya hacía que ‘Dollhouse’ tuviera unas implicaciones muy inquietantes. En cada capítulo veíamos a Echo, la protagonista, asumir diferentes identidades y realizar diferentes trabajos para los clientes de la empresa, y al espectador le resultaba muy difícil no pensar que, para muchos de esos clientes, la casa de muñecas no era más que un servicio de prostitutas de lujo, uno en el que podían elegir hasta el último detalle qué tipo de chica querían que fuera su acompañante esa noche, o ese día, o ese fin de semana. Al emitirse en una cadena en abierto como FOX, ‘Dollhouse’ nunca se adentró por ese territorio, pero era inevitable que no planeara sobre todos los episodios como una oscura sombra.

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La serie sí mostraba cómo el “borrado” de la mente de los activos no era tan perfecto, cómo quedaban leves trazos de cada personalidad en ellos, y cómo terminaba provocando que algunos de ellos empezaran a “despertar”, a readquirir su sentido de la individualidad y la autoconsciencia, y eso acarreaba muchos problemas. De hecho, la idea que latía bajo cada capítulo era que esa tecnología de implante de personalidad en otras personas podía ser tremendamente peligrosa si caía en manos de gente con dinero, poder y pocos escrúpulos. Llevaba al extremo la idea de la rebelión de los robots, pero aplicando casi los mismos principios que llevaban a que las máquinas se alzaran contra sus maestros humanos a personas corrientes, personas que se habían visto en dificultades y habían acabado en manos de la casa de muñecas, que se había aprovechado de ellas y las explotaba en su propio beneficio como esclavos sin voluntad.

Había, por supuesto, un agente del FBI que empezaba a investigar la casa de muñecas, sin saber muy bien dónde se estaba metiendo, y antiguos “muñecos” cuyos cerebros no habían podido soportar tanta descarga y borrado de personalidades diferentes, y en la segunda temporada, la serie exploró, a través de flashforwards, cómo sería un futuro en el que esa tecnología fuera portátil y estuviera al alcance de cualquiera con los suficientes medios para hacerse con ella. El subtexto de ‘Dollhouse’ era aterrador, pero nunca se llegó a mostrar del todo. Jugaba con las teorías sobre el control mental, la hipnosis, sobre la capacidad de sugestión y sobre los mensajes subliminales, temas que habían estado muy de moda durante la Guerra Fría, y también utilizaba otro tema todavía más viejo; la opresión de los más desfavorecidos por parte de los poderosos, y cómo los oprimidos acaban tomando conciencia de su identidad y despiertan.

El personaje

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Echo podía ser la protagonista de ‘Dollhouse’, pero pocos personajes encapsulan tan bien lo que es la serie como Topher (Fran Kranz), el técnico responsable de “cargar” las nuevas identidades en los muñecos y de borrarlas cuando finalizan su misión, de tal manera que, mientras no estén activos, sean lo más parecido a tablas rasas ambulantes, y prisioneras en la casa. Topher representa, inicialmente, uno de los arquetipos más recurrentes en las series de Joss Whedon, el del experto en tecnología, el geek del grupo, que es un poco más excéntrico que los demás y que, al principio, tiene el rol del secundario gracioso que a todo el mundo cae simpático. Topher está contento con su trabajo en la casa, siempre buscando mejoras en su tecnología y solucionando cualquier problema que pueda haber con los muñecos, y su evolución a lo largo de la serie va pareja a las revelaciones sobre lo que hay detrás, realmente, de la casa de muñecas.

La historia de cómo Sierra acaba en la empresa, por ejemplo, es uno de los momentos más inquietantes de ‘Dollhouse’, uno que apunta la dirección en la que iba a moverse el futuro de ese mundo, y en el que  Topher toma consciencia de que, tal vez, lo que él ha estado haciendo no es tan “chulo” como pensaba. Las secuelas de los sucesivos borrados e implantes de personalidades son muy reales (hay otro personaje en la serie, la doctora Saunders, que lo prueba), y las implicaciones que esa tecnología tiene, si cae por completo en manos de hombres poderosos, terminan por transformar al personaje.

Los creadores

Joss Whedon era el impulsor de ‘Dollhouse’, pero como de él hablaremos bastante más adelante, fijémonos en dos de sus más estrechos colaboradores en esa serie, su hermano Jed (1975) y Maurissa Tancharoen (1975). Este matrimonio de guionistas es responsable, en la actualidad, de ‘Agents of SHIELD’, pero empezó a hacerse notar gracias a su participación en ‘Dr. Horrible’s Sing-Along Blog’, una serie web que Joss Whedon concibió y rodó durante la huelga de guionistas de la temporada 2007/08.

Los dos aportaron canciones, principalmente, a la historia de un aspirante a supervillano que se enamora de una chica a la que también pretende un arrogante superhéroe, y después tuvieron la oportunidad de probarse como guionistas de ‘Spartacus’. La serie de Starz contaba de nuevo la revuelta de Espartaco contra Roma con un estilo visual muy dramático, con sexo y violencia muy explícitos, y con el paso de las temporadas, bastantes críticos acabaron encontrándola mucho más interesante de lo que parecía en un principio.

Cinco capítulos imprescindibles

  1. ‘Needs’ (1×08)
  2. ‘Epitaph One’ (1×13)
  3. ‘Belonging’ (2×04)
  4. ‘The Attic’ (2×10)
  5. ‘The Hollow Men’ (2×12)

Ficha

Cadena/nacionalidad: FOX/Estados Unidos
Creador: Joss Whedon
Año: 2009-10
Reparto: Eliza Dushku, Tahmoh Penikett, Olivia Williams, Fran Kranz, Dichen Lachmann, Enver Gojkaj
Temporadas/capítulos: 2 (26)

‘Los 100’

Quiénes somos y quiénes tenemos que ser para sobrevivir 
son dos cosas muy diferentes

En la imaginación de los autores de ciencia ficción, el mundo se ha acabado muchas veces. Una epidemia letal, un impacto de meteorito, el agotamiento de los recursos naturales, el cambio climático o el apocalipsis preferido en la década de 1980, el holocausto nuclear, han destruido el planeta tal y como lo conocemos en incontables libros, películas y series, y lo que vemos después es cómo los supervivientes de aquel cataclismo se adaptan a ese nuevo mundo. En el caso de ‘Los 100’, los que logran sobrevivir a una guerra nuclear no se quedan en la superficie para averiguarlo; escapan a una gran estación orbital en la que se refugian esperando que, en algún momento, el efecto de la radiación no sea tan nocivo y les permita regresar.

En ese siglo que la humanidad ha permanecido en el espacio ha nacido toda una nueva generación que nunca ha pisado la Tierra, y cuyo mundo se reduce a unos módulos metálicos en los que hay que racionar los alimentos y donde todo se recicla, y hay un estricto control de la natalidad para no sobrepoblar la estación y, por tanto, preservar lo máximo posible el sistema de soporte vital.

‘Los 100’ es una clásica historia post-apocalíptica de supervivencia a toda costa

Pero éste tiene, inevitablemente, una fecha de caducidad, y 97 años después de que huyeran de la superficie del planeta, es más que probable que no les quede más remedio que regresar si no quieren morir en el espacio. Para comprobar si la Tierra vuelve a ser habitable, se envía a cien jóvenes delincuentes, encerrados por delitos que pueden ir desde el robo al gasto irresponsable de provisiones, con la misión de que informen al Arca si la humanidad puede volver a la superficie. Por supuesto, las cosas se torcerán desde el mismo momento en el que los adolescentes pongan un pie en esa nueva Tierra post-apocalíptica.

‘Los 100’ muestra un planeta en el que la radiación ha afectado de diferentes maneras a sus habitantes: los animales tienen mutaciones extrañas, los bosques se han adueñado de las ciudades desiertas y las personas que sobrevivieron a las bombas, y que se quedaron en la superficie, se han agrupado en tribus con sus propias normas, dejando de lado casi todos los avances tecnológicos de la época de la guerra. Los que vuelven del espacio tienen que aprender rápidamente a adaptarse a ese nuevo entorno si quieren sobrevivir, porque precisamente eso, la supervivencia, es el tema principal de la serie.

Toda buena historia post-apocalíptica gira en torno a ello: hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar para seguir con vida, cómo evolucionaríamos en un medio ambiente hostil, cómo intentaríamos reconstruir una sociedad y qué haríamos para protegerla. ¿Abogaríamos por la violencia, o buscaríamos un contrato social, una manera de llegar a acuerdos y pactos para poder vivir en cierta paz? Estas preguntas se exploran en ‘Los 100’ a través de sus personajes adolescentes y, especialmente, de su gran protagonista, Clarke Griffin, una joven que debe aprender a marchas forzadas lo que implica ser la líder de su grupo.

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En Clarke se personifican todas las decisiones imposibles que los supervivientes tienen que tomar no sólo en la Tierra, sino también en el Arca, donde el bien de la mayoría es siempre el objetivo que motiva algunas de las acciones, a priori, más difíciles de justificar, aquellas en las que las series suelen dar vuelta atrás antes de que se vuelvan demasiado serias. ‘Los 100’ siempre las explora hasta sus últimas consecuencias, que es la razón por la que ha conseguido dar el salto de “jóvenes guapos viviendo aventuras en un bosque” a un título bastante valiente con los caminos por los que lleva a sus personajes.

La ciencia ficción juvenil (o young adult, como se la identifica más habitualmente en la actualidad) puede dar obras que realmente estén reflejando aspectos de nuestra sociedad que, de otro modo, sería un poco más complicado explorar. Si ‘Los juegos del hambre’ trata asuntos como las consecuencias de la conversión de las guerras modernas en espectáculos televisivos o la cultura de los reality shows, ‘Los 100’ se pregunta si, en esa nueva sociedad post-apocalíptica, dejaríamos de lado algunos de nuestros prejuicios y crearíamos algo más justo. ¿Seríamos capaces de hacerlo o, como decían en ‘Battlestar Galactica’, todo esto ya ha pasado antes y volverá a pasar otra vez?

El personaje

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El gran hallazgo de ‘Los 100’ es su protagonista, Clarke Griffin (Eliza Taylor), una adolescente que se ve obligada a asumir una posición de mando si quiere que sus compañeros sobrevivan a la estancia en la superficie de la Tierra. Clarke sigue el esquema del líder reticente, el que no se ve como jefe de todo su grupo, pero al que no le queda más remedio que hacerlo, que tomar las decisiones difíciles para que todos tengan una oportunidad de continuar con vida. En ese aspecto, sigue la tendencia de las protagonistas jóvenes y fuertes de la ciencia ficción juvenil de los últimos tiempos, personificadas en Katniss Everdeen, de ‘Los juegos de hambre’. Al igual que ella, a Clarke también le pesan las consecuencias de las cosas que tiene que hacer, pero no duda a la hora de llevarlas a cabo.

La evolución de Clarke a lo largo de la serie también ha puesto sobre la mesa otros temas poco tratados en la televisión norteamericana, como su bisexualidad, que nadie cuestiona y que no se presenta como un rasgo definitorio de su carácter. Y junto con ella, sería justo recordar otro de los hallazgos de ‘Los 100’, Lexa (Alycia Debnam-Carey), la comandante de los terrícolas. Ella representa a alguien endurecido por el mundo en el que vive y por la enorme responsabilidad que lleva sobre sus hombros, y es un espejo en el que Clarke puede mirarse y decidir si quiere seguir ese camino solitario, y de hermetismo emocional, o si prefiere buscar otra manera de ser una líder.

El creador

Aunque esté basada en un libro de Kass Morgan, la adaptación que hace Jason Rothenberg, su responsable, es bastante libre, por lo que puede decirse que es el creador de la serie. Rothenberg tenía poca experiencia como guionista de televisión hasta este proyecto. Su anterior serie, también para The CW, se titulaba ‘Body Politic’ y seguía a varios jóvenes trabajadores del Capitolio y de otras instituciones del gobierno de Estados Unidos, pero no pasó del episodio piloto.

‘Los 100’ es, por tanto, su gran carta de presentación en Hollywood, una en la que él mismo confiesa que tiene las mismas miras que ‘El Señor de los Anillos’ y ‘Juego de tronos’, en cuanto a amplitud del mundo que presenta, y a su voluntad por seguir hasta el final tramas que pueden derivar en lugares más oscuros de lo habitual para un título considerado, a priori, juvenil. Rothenberg también se ha visto en medio de agrias polémicas con los fans en las redes sociales, algo que ya entra en el contrato de los showrunners actuales.

Cinco capítulos imprescindibles

  1. ‘Twilight’s last gleaming’ (1×05)
  2. ‘I am become Death’ (1×10)
  3. ‘Spacewalker’ (2×08)
  4. ‘Blood must have blood’ (2×15)
  5. ‘Thirteen’ (3×07)

Ficha

Título original: ‘The 100’
Cadena/nacionalidad: The CW/Estados Unidos
Creador: Jason Rothenberg
Año: 2014-
Reparto: Eliza Taylor, Paige Turco, Henry Ian Cusick, Isaiah Washington, Marie Avgeropoulos, Richard Harmon
Temporadas/capítulos: 3 (45)
Otros: Basada en una saga de libros de Kass Morgan
Dónde verla: Syfy España, Netflix

‘Orphan Black’

– Hay nueve como tú.
– ¡No! Sólo hay una como yo.”

¿Quién es esa mujer tan parecida a Sarah que acaba de tirarse al tren delante de ella? ¿De dónde ha salido? ¿Y por qué, de repente, hay otras tres mujeres que también son idénticas físicamente a ella? ¿Quién es Sarah en realidad? Estas preguntas son el principio de un misterio, y también el arranque de ‘Orphan Black’, una de las series más sorprendentes de los últimos años. Fue de las primeras producidas específicamente para BBC America, la filial estadounidense de la cadena pública británica, y también una de las más inesperadas porque no entraba en los planes de nadie que, de repente, alguien decidiera hacer en serio una serie de misterio sobre clones. Y no sólo sobre clones, sino sobre clones femeninos, lo que abría el programa a la exploración de temas que la televisión no suele tratar habitualmente.

Pero el inicio de todo es muy sencillo; Sarah se baja en la estación, y ve a otra mujer igual que ella tirarse al tren. Es la imagen con la que empezaron a trabajar el guionista Graeme Manson y el director John Fawcett cuando aún eran estudiantes de cine, y que intentaron desarrollar como película en 2007. Sin embargo, no conseguían dar con el final apropiado y acabaron dándose cuenta de que, en realidad, podría ser una buena idea para una serie de televisión.

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En 2009, cuando Fawcett y Manson comenzaron a ponerla en pie, el panorama de las cadenas que estaban adentrándose en la ficción de producción propia se había ampliado con la entrada en liza de AMC, y nadie quería quedarse atrás en cuanto a ampliar su parrilla con programas high concept y con potencial para tener al público discutiendo en las redes sociales qué estaba pasando ahí. En BBC America, desde luego, habían comenzado a tomarse en serio dicha ampliación con la “recuperación” de la nueva época de ‘Doctor Who’, cuyas primeras cuatro temporadas se emitieron en Estados Unidos en Syfy, y pretendían acompañar el estreno de la quinta (en la que se estrenaban Steven Moffat como productor ejecutivo y Matt Smith como el Doctor) no sólo con una gran campaña publicitaria, sino también con nuevos programas que dejaran claro que tenían algo más en su catálogo que las series que les pasara su cadena madre desde Londres. Ahí entra en juego ‘Orphan Black’, un título de ciencia ficción sobre clonación humana, protagonizado por una actriz completamente desconocida (Tatiana Maslany, toda una revelación) y sin más gancho que su premisa y su punto de partida. ¿Sería suficiente?

El tiempo ha demostrado que lo era. El paulatino descubrimiento de Sarah de que ella, en realidad, es una clon, que hay varios otros clones como ella repartidos por todo el mundo y que todas forman parte de un experimento del que no sabían nada, va confiriendo a ‘Orphan Black’ no sólo de un gran impulso para la trama, mientras Sarah investiga su pasado, sino de muchos temas éticos y filosóficos que se mantienen siempre al fondo. Que sus protagonistas sean mujeres, y que haya una gran corporación acechándolas, presenta una exploración de asuntos feministas que resultan sorprendentes en un panorama de ficción “de prestigio” aún dominado por los antihéroes, pero que precisamente se pueden tocar en un título de ciencia ficción que, en teoría, sólo busca entretener al espectador con un misterio lo suficientemente enrevesado y algunos toques de humor y acción.

‘Orphan Black’ parte de la asunción de que, durante mucho tiempo, las mujeres sólo tenían relevancia por su biología, así que las experiencias de Sarah, Alison y Cosima exploran la propiedad del cuerpo femenino, su entidad como personas independientemente de sus orientaciones sexuales, situaciones socioeconómicas, su forma de vestir o su perfil genético, su capacidad de tomar decisiones por sí mismas… Además, la serie es todo un tratado encubierto sobre el viejo dilema de biólogos, psicológos y genetistas entre naturaleza y sociedad, entre lo innato y lo aprendido. ¿Es Sarah como es porque se crió en un ambiente diferente al de Cosima, aunque genéticamente ambas sean iguales? ¿O algunas de sus diferencias están a un nivel genético que los científicos no pueden manipular, y que evoluciona por su cuenta? Entre las persecuciones, las revelaciones y las escenas de clones haciéndose pasar por otros clones, ‘Orphan Black’ propone al espectador una reflexión sobre ética, biología, psicología y moral que no es fácil de encontrar igual en otras series consideradas “de calidad”. Y su propuesta no está tan lejos de lo que es científicamente posible.

Desde 2009, de hecho, los tribunales estadounidenses estuvieron estudiando la legalidad de varias patentes sobre clonación de células, en este caso, animales. El Instituto Roslin de la Universidad de Edimburgo, responsable de la clonación de la oveja Dolly en 2003, pretendía patentar no sólo el método por el que habían conseguido aquella hazaña científica, sino al propio animal, algo que la corte federal de Estados Unidos denegó en 2014. El año anterior, el Tribunal Supremo de ese mismo país había fallado en contra de la posibilidad de que se patentaran secuencias aisladas de ADN humano.

Es una cuestión a la que también se enfrentan Sarah y sus hermanas en ‘Orphan Black’. Si alguien las “creó” en un laboratorio, ¿son de su propiedad? ¿Son equiparables a las centrifugadoras, los microscopios electrónicos o las fórmulas que esos científicos utilizan para trabajar? ¿Quiere eso decir que son menos que personas completas? Son cuestiones bastante complejas para lo que, en la superficie, no es más que una serie sobre una huérfana de vida difícil que intenta averiguar de dónde viene realmente. Pero es que Sarah, Alison, Cosima, Helena o Rachel son complejas.

El personaje

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Aunque ‘Orphan Black’ cuente el camino de todas sus mujeres protagonistas por tomar las riendas de sus vidas, lejos de las ataduras de la corporación que las vigila, es Sarah Manning (Tatiana Maslany) la que centra buena parte de las tramas. Al fin y al cabo, la serie empieza con su descubrimiento de la existencia de Beth Childs, esa mujer idéntica a ella que se tira al tren ante sus ojos. Sarah intenta rehacer su vida, quiere recuperar a su hija y ser para ella una buena madre, pero sólo podrá conseguirlo si resuelve el misterio sobre su propia procedencia y sobre las fuerzas que se la disputan como si fuera un trofeo de caza. La independencia de Sarah y su lado más rebelde, como quien dice, son sus principales armas en esta lucha en la que ella ha logrado pasar desapercibida hasta el momento, pero en la que ya no puede mantenerse al margen por más tiempo.

La relación que Sarah va forjando con los otros clones es uno de los puntos fuertes del personaje, pues todas la ven, de algún modo, como la hermana mayor. Pueden recurrir a ella cuando están en problemas, confiando en que los resolverá, y de algún modo se convierte en el centro de esa hermandad que se forma entre todas. Sarah tiene sus propios asuntos que resolver con su madre adoptiva y con su propia hija, y hasta consigo misma, pero tiene que madurar y crecer rápido. ‘Orphan Black’ también es un poco la historia de su toma de conciencia, de su realización de que es una adulta con responsabilidades.

Cinco capítulos imprescindibles

  1. ‘Variations under domestication’ (1×06)
  2. ‘Unconscious selection’ (1×09)
  3. ‘Knowledge of Causes, and Secret Motion of Things’ (2×07)
  4. ‘By means which have never been tried’ (2×10)
  5. ‘Certain agony of the battlefield’ (3×06)

Los creadores

Graeme Manson y John Fawcett se conocieron en el Canadian Film Centre y desarrollaron carreras separadas que, sin embargo, terminaban girando de algún modo alrededor del fantástico y la ciencia ficción. Manson, por ejemplo, escribió el guión de ‘Cube’, la primera película de Vincenzo Natali, y Fawcett dirigió ‘Ginger snaps’, una cinta de culto sobre unas adolescentes que se transforman en hombres lobo, o mujeres lobo, en realidad.

Los dos han afirmado que, incluso mientras estaban dedicados a otros trabajos que, en teoría, no tenían nada que ver con el género, siempre estaban pensando en ‘Orphan Black’, y que es una idea que surgió de su interés por trabajar juntos. La asesora científica de la serie, por cierto, es una amiga de Manson cuyo nombre es Cosima Herter, especialista sobre todo en historia de la ciencia.

FICHA

Cadena/nacionalidad: BBC America-Space/Canadá
Año de emisión: 2013-
Creadores: Graeme Manson y John Fawcett
Reparto: Tatiana Maslany, Maria Doyle Kennedy, Jordan Gavaris, Dylan Bruce, Evelyn Brochu, Kristian Bruun
Temporadas: 4 (40 capítulos)
Dónde verla: Netflix España

‘Fringe’

“El doctor Bell tenía la teoría de que la mente humana,
en el nacimiento, es infinitamente capaz 
y que cada fuerza que se encuentra, social, física, intelectual, 
es el principio de un proceso al que se refería como “limitación”.

Walter Bishop y William Bell eran dos científicos brillantes que se hicieron muy amigos durante los años 70. Para ellos, los avances de la ciencia no tenían límites; todo lo que su imaginación pudiera concebir, impulsada por alguna ayudita del LSD, podía hacerse realidad: enormes máquinas que podían poner en contacto a quien las utilizara con la mente de otra persona, sustancias químicas que eran capaces de potenciar las capacidades cerebrales de los niños o, literalmente, ventanas que permitían ver otro universo, un mundo paralelo que existía simultánea, e independientemente, del suyo.

Walter y “Belly” querían crear un mundo mejor, querían extraer los otros mundos que existen en éste y hacerlos realidad, pero por el camino se obsesionaron demasiado. Se volvieron demasiado arrogantes, creyeron que podían ser dioses con capacidad para decidir sobre la muerte, la vida y sobre cómo ésta debía desarrollarse, y se perdieron. William Bell creó una poderosa empresa tecnológica, Massive Dynamics, y desapareció de la faz de la tierra. Walter Bishop, por su parte, se volvió loco. Ambos experimentaron en sus propias carnes lo que quiere decir que el sueño de la razón produce monstruos.

Esa arrogancia científica, ese creerse por encima de consideraciones éticas y morales y de realizar determinados experimentos sólo porque se tienen los medios y la capacidad intelectual para hacerlos, es lo que explora en gran medida ‘Fringe’. La siguiente serie de ciencia ficción que J.J. Abrams co-creaba después de ‘Perdidos’ empezaba moviéndose entre los límites de lo posible en ciencia, aunque estuviera muy en la frontera.

Su título se refería justo a la fringe science, las teorías que se salen del molde de lo aceptado por la comunidad científica, que están casi en el terreno de la ficción o de la fantasía, y que de algún modo encontraban su salida hacia el mundo real, creando todo tipo de problemas en él. Casi todos los casos que investigaba inicialmente Olivia Dunham, agente del FBI, estaban relacionados con los experimentos que Walter Bishop y “Belly” habían llevado a cabo en los 70, o se conseguían resolver utilizando algunos aparatos inventados por Walter entonces. Sin embargo, la serie se reserva un giro que cambia por completo la percepción de lo que estamos viendo cuando la agente Dunham y Peter Bishop, el hijo de Walter, descubren que los mayores “casos Fringe” son ellos mismos.

‘Fringe’ se pregunta cuáles son los límites de la ciencia más avanzada. ¿Es ético hacer realidad cualquier cosa que se nos pase por la mente? ¿Se debería pensar en las consecuencias potenciales que un novedoso invento podría tener antes de construirlo y lanzarlo al mundo? Si se pueden utilizar pequeños robots voladores que entren en todas partes con una cámara, ¿no deberíamos preguntarnos hasta que punto son una invasión de la intimidad antes de soltarlos en el aire? Y si descubrimos la manera de pasar a otro universo alternativo, ¿quiénes somos para cruzar hacia él y causar potencialmente terribles daños?

Fringe-Joshua Jackson

Toda la serie presenta a Walter con el dilema de afrontar las consecuencias de sus actos, de reconocer que nunca estuvo en posesión de la verdad suprema, que jamás debió jugar a ser dios sólo porque disponía de la posibilidad de hacerlo. Las versiones alternativas de cada uno de los personajes en el otro mundo los presentan con las mismas dicotomías, con la duda de qué habría pasado si hubieran decidido otra cosa en un determinado momento de sus vidas. ¿Habrían sido mejores? ¿Les habría causado infelicidad?

‘Fringe’ se animó a explorar universos alternativos buscando toda la intensidad emocional posible en sus tramas

Es cierto que, para su última temporada, ‘Fringe’ deriva hacia una distopía totalitaria futurista y se sale un poco de los temas que había explorado en sus cuatro entregas anteriores, pero nunca pierde su auténtico centro: el corazón de sus personajes y la responsabilidad hacia nuestros propios actos, hacia las cosas que hemos creado. Es una serie sobre los límites de la ciencia y del pensamiento humano, y sobre la necesidad de que no se aparten los sentimientos a la hora de optar por llevar a cabo determinados experimentos, por no considerar a las personas como meras ratas de laboratorio. Incluso aunque los sentimientos de extremo dolor y pérdida de un padre son los que, en realidad, ponen en marcha toda la serie.

Como curiosidad, su primer capítulo sucedió al de ‘Perdidos’ como el más caro producido por la televisión estadounidense hasta ese momento, lo que se entiende al ver que había un avión lleno de cadáveres, un arranque que después utilizaría también ‘The Strain’, el libro y la serie vampírica co-creada por Guillermo del Toro.

El personaje

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‘Fringe’ es la serie de Walter Bishop (John Noble). Su primer capítulo arranca con la agente Dunham sacándolo del psiquiátrico en el que está internado desde hace años y, desde ese momento, lo vemos intentar recuperar su antiguo ser, aunque ese ser fuera un tipo arrogante y poco agradable. Walter era un científico brillante, sin miedo a nada, pero una tragedia personal resquebrajó su mundo y su contacto con la realidad. El FBI lo necesita para resolver esos extraños casos que han empezado a aparecer aquí y allá, y él se va dando cuenta, al recordar algunos de los experimentos que permiten resolverlos, de lo lejos que llegó entonces, y del daño que causó.

Walter es un personaje siempre al borde de la fragilidad, de la locura, que alterna momentos de gran resolución y brillantez intelectuales con excentricidades que nadie comprende, pero que aportan una enorme diversión a la serie. Desde su afición por el regaliz a su empeño en llamar siempre por nombres incorrectos a su ayudante, Astrid, o a Gene, la vaca que tiene en el laboratorio, el doctor Bishop consigue poner rápidamente a la audiencia de su lado, más todavía porque lo vemos asumir las consecuencias de sus actos cuando todavía se creía un científico por encima de cualquier límite.

Los creadores

Quienes pusieron en marcha ‘Fringe’ fueron J.J. Abrams, Alex Kurtzman (1973) y Roberto Orci (1973). Los dos últimos habían sido los showrunners de las últimas temporadas de ‘Hércules: Sus viajes legendarios’ y habían sido guionistas de ‘Xena, la princesa guerrera’ antes de entrar en ‘Alias’, una serie producida por Abrams y de la que salieron los principales responsables de ‘Fringe’, pues allí trabajaron también J.H. Wyman y Jeff Pinkner, que llevaron la serie a partir de la segunda temporada.

Kurtzman y Orci siempre han estado relacionados con la ciencia ficción y la fantasía, escribiendo el guión de las nuevas películas de ‘Star Trek’, ‘La isla’, ‘Misión imposible III’ y hasta ‘Transformers’, y en la creación de ‘Fringe’ buscaban un procedimental de ciencia ficción que recuperara, por ejemplo, lo que ‘Expediente X’ había hecho en los 90, y siempre intentando que sus casos tuvieran algún tipo de anclaje en la realidad, aunque fuera una realidad muy teórica y sin demostrar. Sin embargo, al igual que las aventuras de Mulder y Scully, también querían que hubiera una trama de fondo que fuera desarrollándose poco a poco, y que terminó por ser toda la serie.

Cinco capítulos imprescindibles

  1. ‘Ability’ (1×14)
  2. ‘There’s more than one of everything’ (1×22)
  3. ‘Peter’ (2×16)
  4. ‘Olivia’ (3×01)
  5. ‘Marionette’ (3×09)

Ficha

Cadena/nacionalidad: FOX/Estados Unidos
Creador: J.J. Abrams, Roberto Orci & Alex Kurtzman
Año: 2008-13
Reparto: Anna Torv, John Noble, Joshua Jackson, Jasika Nicole, Lance Reddick, Blair Brown
Temporadas/capítulos: 5 (100)
Dónde verla: Editada en DVD

‘Person of interest’

“Estás siendo observado.”

Existe una máquina del gobierno, un sistema informático que observa y registra todos tus movimientos, que te ve a través de las cámaras de tráfico, te escucha a través de tu teléfono móvil y sabe que te gustan las películas de Pixar y que acabas de comprarte una moto gracias a tu estado de Facebook y a tus correos electrónicos. Ciencia ficción, ¿verdad? Dejó de serlo en cuanto Edward Snowden, contratista independiente de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos), filtró a la prensa en 2013 documentos que probaban que el gobierno llevaba años espiando a sus ciudadanos, obteniendo toda la información posible sobre ellos, hasta pinchándoles el teléfono si hacía falta, en aras de la seguridad nacional, la lucha contra el terrorismo y, paradójicamente, la protección de las libertades.

Los atentados del 11-S cambiaron la percepción de lo que es correcto hacer para prevenir nuevos ataques terroristas, y en algunos ámbitos se llegó a la conclusión de era necesario renunciar a algunos derechos básicos (como la intimidad) para impedir que futuras generaciones tuvieran que ver, otra vez, a las Torres Gemelas ardiendo y desplomándose sobre el distrito financiero de Nueva York.

‘Person of interest’ llegó dos años antes de las revelaciones de Edward Snowden sobre el espionaje masivo del gobierno estadounidense a sus ciudadanos

Curiosamente, dos años antes de las revelaciones de Snowden, había una serie de televisión cuya premisa era exactamente ésa, que el gobierno había construido una máquina capaz de monitorizar absolutamente todos los movimientos de cada uno de los ciudadanos estadounidenses, y que tenía la capacidad de discernir quiénes de ellos estaban a punto de verse envueltos en un acto de violencia y, tal vez, hasta de terrorismo. Ésos últimos casos eran los únicos que le interesaban al gobierno, pero el arquitecto de la máquina tenía otros planes, tenía más escrúpulos que sus jefes, y decidió “llevarse” una parte del sistema, la que encontraba a personas “irrelevantes” que estaban en peligro, para ayudarlas. Esto no es tarea sencilla; para no darle a la NSA y al ejército el trabajo hecho, la máquina sólo ofrece los números de la seguridad social de las personas de interés, y sus responsables tampoco saben si serán la víctima o el culpable. Para Harold Finch y su colaborador, John Reese, es más que suficiente.

Con este punto de partida, Jonathan Nolan (hermano del cineasta Christopher Nolan) y Greg Plageman han pergeñado una serie que podría haberse quedado en un ‘Minority Report’ con menos aspectos futuristas y sin personas que ven el futuro y, en su lugar, ha ido evolucionando hacia un comentario sumamente interesante sobre el dilema entre respeto a las libertades y seguridad nacional, sobre quién da legitimidad y derecho a unos gobernantes para que espíen sin miramientos a sus conciudadanos y, todavía más curiosamente, quién se atreve a construir una inteligencia artificial y la sitúa en un altar divino.

Éste último aspecto es el que entronca ‘Person of interest’ con la ciencia ficción más hardcore; Finch construye una máquina omnipotente y tan inteligente, que adopta autoconsciencia, que diseña sus propios mecanismos de supervivencia y que vela, además, por la seguridad de su creador. Finch sólo se comunica con ella a través del ordenador, de mensajes al móvil o de series de números transmitidos mediante llamadas a cabinas telefónicas en la calle, y sólo con esa información, somos capaces de hacernos una idea de que la máquina está, de algún modo, viva.

Y no sólo viva, sino de que aprende, evoluciona, de que los límites que Finch incluyó en su programación, para evitar abusos del gobierno, la acercan mucho más a los humanos. Esto la ayuda a encontrar a los “malos” más fácilmente, pero también la mueve a seguir aprendiendo, lo que, tradicionalmente, ha sido siempre el primer paso antes de que las inteligencias artificiales se rebelen y acaben con la existencia de la humanidad.

PERSON OF INTEREST

La máquina es el personaje más importante de ‘Person of interest’, pero está al fondo. La vamos conociendo a través de sus interacciones con Finch, con Reese, con Root (una hacker que quiere “liberarla”) y con Shaw, y apreciamos todo lo que puede hacer cuando aparecen unos enemigos con muchos menos escrúpulos, y con carta blanca para seguir el curso de acción que crean necesario para garantizar la seguridad ciudadana y para eliminar las amenazas contra ellos.

La serie podrá ser, formalmente, una historia de acción y, a veces, un thriller, pero acaba mostrando lo que puede significar de verdad vivir en un estado orwelliano. Y muestra una inteligencia artificial muy plausible para nuestra sociedad actual, una IA que exista en internet, virtualmente, cuya “mente” se extienda por todas partes sin que podamos verla. ¿Estaría un ente así vivo?

El personaje

finch

‘Person of interest’ es, en gran medida, la historia de cómo Harold Finch (Michael Emerson) aprende a aceptar que construyó una Máquina con capacidad para tomar sus propias decisiones y que la “educó” para tener ciertas consideraciones éticas y morales. Finch tiene que asumir que no es necesario que tenga miedo de la Máquina, pero al mismo tiempo le consume el sentimiento de culpa por haber entregado algo tan poderoso al gobierno, dándole esencialmente carta blanca para controlar como quiera a sus ciudadanos. Las discusiones entre Finch y Root, que ve a la Máquina de un modo completamente distinto, presentan el dilema sobre el que está construida toda ‘Person of interest’.

Finch es también uno de los que más sufre por hacer lo que cree correcto, por no plegarse ante lo que querían quienes le encargaron la construcción de esa inteligencia artificial. Ve cómo las personas a su alrededor están en peligro, cómo su propia creación tiene que desarrollar maneras de escapar al control gubernamental y de sobrevivir a los intentos por acabar con ella. El mundo que Finch ayudó a crear no tiene miramientos y es oscuro y lleno de terrores, y él tiene que vivir con el convencimiento de que podría haber hecho algo para que la situación no acabara así. Aunque sepa que, al final, el nacimiento de la Máquina era inevitable.

El creador

Hasta que llegó ‘Person of interest’, Jonathan Nolan (1976) era más conocido por los guiones que escribía para las películas de su hermano Christopher. ‘Memento’, ‘El caballero oscuro’ e ‘Interstellar’, por ejemplo, son algunos de esos trabajos conjuntos, hasta que se animó a probar suerte en televisión, donde trabaja su mujer, la también guionista Lisa Joy. Nolan afirma que, en parte, ‘Person of interest’ nace de su experiencia creciendo en el Reino Unido, donde Scotland Yard y el gobierno británico instalaron multitud de cámaras en las calles para poder luchar mejor contra la amenaza terrorista del IRA en los 70 y los 80.

De hecho, en las series de policías británicas actuales es muy común ver a los detectives comprobando el sistema de cámaras de las calles de Londres para buscar a un sospechoso. Sin embargo, la única manera de que alguien pueda ver todas esas cámaras a la vez es si las domina un ordenador, una inteligencia artificial que tenga la capacidad de recoger toda la información posible y procesarla, entregando después a las autoridades su análisis de potenciales amenazas. Con la unión de esa experiencia personal y de la lucha contra el terror del gobierno estadounidense tras el 11 de septiembre de 2001, ya tenía las bases para crear ‘Person of interest’.

Cinco capítulos imprescindibles

  1. ‘Firewall’ (1×23)
  2. ‘Relevance’ (2×16)
  3. ‘God mode’ (2×22)
  4. ‘The devil’s share’ (3×10)
  5. ‘If-then-else’ (4×11)

Ficha

Cadena/nacionalidad: CBS/Estados Unidos
Creador: Jonathan Nolan
Año: 2011-16
Reparto: Michael Emerson, Jim Caviezel, Taraji P. Henson, Kevin Chapman, Amy Acker, Sarah Shahi
Temporadas/capítulos: 5 (103)
Dónde verla: En España, Calle 13. Editada en DVD