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‘The man in the High Castle’

“Perdimos la guerra, ¿no? Ya ni me acuerdo por qué luchábamos”.

¿Y si los alemanes hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial? ¿Y si hubieran conseguido la bomba atómica antes que Estados Unidos y la hubieran lanzado sobre la costa este del país? ¿Y si el presidente Roosevelt hubiera sido asesinado en 1933? Esa última pregunta es la que da inicio a la historia alternativa ideada por Philip K. Dick, en 1962, en su libro ‘El hombre en el castillo’. Franklin D. Roosevelt, el presidente que sacó a Estados Unidos de la Gran Depresión y que, después, jugaría un importante papel en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, sufrió realmente un intento de asesinato en Miami, el febrero de 1933. Él salió ileso, y el que recibió la bala en su lugar fue el alcalde de Chicago. Dick construye la historia sobre la suposición de que Roosevelt murió aquel día y que, como consecuencia de ello, el país se volvió más aislacionista y, para cuando estalló la guerra, tuvo poco que hacer ante la potencia militar de Alemania y Japón.

‘El hombre en el castillo’ es lo que se denomina una ucronía, una historia alternativa que intenta resolver la duda de qué habría pasado si un determinado hecho histórico hubiera ocurrido de otra manera. Dick se inspiró en historias, por ejemplo, que imaginaban cómoo habrían sido Estados Unidos si los estados confederados del sur hubieran ganado la Guerra de Secesión, y ese mismo principio es el que impulsa ‘The man in the High Castle’, la adaptación a televisión, bastante libre, que se convirtió en una de las mayores apuestas de Amazon para reforzar su servicio de vídeo en streaming.

La serie tiene un punto de partida ligeramente diferente al del libro. En su caso, los nazis se adelantaron a los estadounidenses en la fabricación de la bomba atómica y la lanzaron sobre Washington, lo que llevó a la capitulación del país y de los aliados y a la victoria de las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial. Como resultado, alemanes y japoneses se dividen Estados Unidos; los primeros se quedan con la costa este y casi toda la parte central del país, mientras a Japón le corresponde la costa oeste. Entre ambas regiones se establece una zona neutral en las Montañas Rocosas, y esa situación se mantiene sin cambios durante veinte años. Sin embargo, con la década de 1960 ya bastante avanzada, la salud de Adolf Hitler se deteriora y empiezan a moverse las diferentes facciones que ansían sucederlo en el poder. Y, al mismo tiempo, los japoneses empiezan a sospechar que varias de esas facciones pretenden atacarlos en cuanto tengan la oportunidad.

‘The man in the High Castle’ se pregunta cómo sería la vida normal bajo la ocupación y opresión de la Alemania nazi

‘The man in the High Castle’ traslada, de una manera bastante interesante, algunos de los aspectos de la posguerra mundial a esa ucronía con la que han coqueteado otros novelistas, aparte de Dick. Alemania y Japón están inmersos en su propia Guerra Fría, por ejemplo, y que la primera consiguiera la bomba atómica genera grandes suspicacias y recelos en los japoneses. Ambos países manejan una retórica triunfalista y nacionalista para mantener contentos a sus ciudadanos, y continuar la opresión sobre los habitantes de las zonas ocupadas, pero donde la serie logra destacar en el retrato de dos oficiales de ambos gobiernos.

Uno es el Ministro de Comercio de los Estados Pacíficos de América, Nobusuke Tagomi, que ve con creciente preocupación los movimientos por el poder que están produciéndose en Alemania, y que siente también una gran curiosidad por la protagonista de la serie, Juliana Crane, una joven de San Francisco que se ve arrastrada a trabajar con la resistencia. Tagomi tiene la sensación de que algo no va bien, de que las cosas no encajan y de que, entre todos, no están haciendo más que empeorarlas, pero está constreñido por las rígidas tradiciones de su país. El otro hallazgo es el Obbergruppenführer de las SS John Smith, un tipo que sería el típico americano medio perfecto que pintaban los anuncios que Don Draper hacía en ‘Mad Men’ si no fuera porque es un cruel oficial del ejército nazi, y su responsabilidad es aplastar a la resistencia con todos los métodos a su alcance.

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Tagomi y Smith acaban siendo los dos polos alrededor de los que gira ‘The man in the High Castle’, aunque los protagonistas nominales sean la propia Juliana, un camionero de Nueva York llamado Joe y Frank, el novio de Juliana. Todos ellos intentan encontrar unas misteriosas películas que muestran lo que parecen informativos cinematográficos en los que Estados Unidos ganó la Segunda Guerra Mundial, y que pretenden tanto Hitler como el misterio hombre en el castillo que da título a la serie. ¿Quién es él? ¿Qué son esas películas? ¿Realmente son propaganda peligrosa? ¿O son algo más?

‘The man in the High Castle’ sólo toca superficialmente el misterio detrás de ellas en su primera temporada porque lo que acaba interesándole más es otra cosa, es mostrar cómo se puede vivir en un estado ocupado y represor, y aceptarlo. En la manera en la que vemos a gente de a pie no sorprenderse porque el hospital del pueblo incinere todos los martes a los enfermos tullidos o terminales, por ejemplo, es donde la serie encuentra su toque personal. No es tanto una historia de resistencia contra el opresor, sino un ejercicio de hipótesis de cómo reaccionarían los estadounidenses comunes ante una situación política así. Y la respuesta no es demasiado esperanzadora.

EL PERSONAJE

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Aunque los protagonistas de ‘The man in the High Castle’ sean Juliana (Alexa Davalos) y Joe (Luke Kleintank), es el Obbergruppenführer John Smith (Rufus Sewell) el que acaba siendo el personaje más interesante de la serie. Smith tiene una posición elevada en el mando nazi en el territorio anexionado estadounidense y despacha sin contemplaciones a todos los traidores y miembros de la resistencia que se encuentre. Tiene también la vida que vendía la publicidad del “sueño americano”: Smith tiene una buena familia, un buen trabajo y una casa en las afueras con su valla blanca, su jardín, y su bandera en el porche, con la diferencia de que la bandera luce una esvástica, de que Smith viste el uniforme negro de las SS y de que su hijo está en las Juventudes Hitlerianas.

A lo largo de la primera temporada, la fachada perfecta de John Smith se va agrietando. Para empezar, hay asuntos en su pasado con los que nunca hizo del todo las paces, y empiezan a suceder cosas en su familia que van minando poco a poco su creencia sin fisuras en el régimen nazi, que ha aplicado los mismos principios de la pureza de la raza en Estados Unidos. Smith es el villano nominal de ‘The man in the High Castle’, pero la primera temporada va pintando diferentes matices en todos los personajes, y tanto él como los responsables de seguridad japoneses van ganando mucho interés en el proceso.

EL CREADOR

El responsable de poner en pie ‘The man in the High Castle’ fue Frank Spotnitz (1960), que abandonó después la serie al acabar la primera temporada. Spotnitz es un guionista muy veterano en la televisión, que dio a conocerse, sobre todo, por su participación en ‘Expediente X’. Trabajó también en otras tres series producidas por Chris Carter, el creador de ese título de FOX; ‘Millenium’, ‘Harsh realm’ y ‘The Lone Gunmen’, y después se ha dedicado, sobre todo, a historias policiacas y de acción.

Se encargó de crear la miniserie de espías ‘Hunted’ para BBC y también relanzó para Cinemax otro título de la televisión pública británica, ‘Strike Back’. Su próximo proyecto es una co-producción en inglés para la RAI italiana, ‘Medici: Masters of Florence’, con Dustin Hoffmann en el papel principal.

CINCO EPISODIOS IMPRESCINDIBLES

  1. ‘The new world’ (1×01)
  2. ‘Sunrise’ (1×02)
  3. ‘Three Monkeys’ (1×06)
  4. ‘Kindness’ (1×09)
  5. ‘A way out’ (1×10)

FICHA

Cadena/nacionalidad: Amazon/Estados Unidos
Año: 2015-
Creador: Frank Spotnitz
Reparto: Alexa Davalos, Luke Kleintank, Rufus Sewell, Rupert Evans, Cary-Hiroyuki Tagawa, DJ Qualls
Temporadas/capítulos: 1 (10)
Otros: Basada en el libro ‘El hombre en el castillo’, de Philip K. Dick

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‘Stargate SG-1’

“-Coronel, los Estados Unidos no se dedican 
a interferir en los asuntos de otras personas.
-¿Desde cuándo?

En 1994, el director Roland Emmerich estrenaba ‘Stargate’, una película de aventuras de ciencia ficción en la que el ejército de Estados Unidos ensamblaba un misterioso arco con varios símbolos jeroglíficos a su alrededor. Cuando estos símbolos se situaban en el orden correcto, el arco se activaba y se transformaba en una puerta que llevaba a un planeta dominado por una civilización derivada de los antiguos egipcios, y la misión de exploración que envían los militares, en la que participa un egiptólogo, acaba saliendo mal, por supuesto. Protagonizada por Kurt Russell y James Spader, la película fue un enorme éxito, así que no era de extrañar que, dos años más tarde, el canal Showtime decidiera aprovechar su tirón en televisión.

La cadena llevaba ya un par de años pasando de las comedias de producción propia de sus inicios, a mediados de los 80, a títulos de género como una nueva versión de ‘Más allá del límite’ o una serie sobre ‘Poltergeist’, y las aventuras del coronel Jack O’Neill, Daniel Jackson y la capitán Samantha Carter entraban de lleno en su estrategia. Para ello, confiaron en Brad Wright, guionista de las dos series comentadas anteriormente, para poner en marcha el que acabaría siendo el título de ciencia ficción más longevo de la televisión estadounidense.

Stargate SG-1’ sigue a un equipo del ejército que trabaja con aquella primera stargate. O’Neill y Jackson, con la colaboración de la capitán Carter, se adentran en la puerta para explorar los diferentes mundos a los que da acceso, simplemente cambiando el orden de los jeroglíficos del arco, y aunque los goa’uld reeditan su papel de villanos de la película, uno de ellos, Teal’c, acaba formando parte del grupo de O’Neill. Así, se forma un equipo que desarrolla algunas dinámicas muy similares a las de las tripulaciones de las series de ‘Star Trek’, especialmente con la adaptación de Teal’c a las costumbres de sus compañeros humanos, y en el que hay a menudo discusiones sobre si el lado científico y de exploración no debería ser más importante que el militar.

De hecho, el personaje de Samantha Carter, soldado y, al mismo tiempo, científico residente del equipo, fue ganando cada vez más importancia en la serie, y no pocos periodistas estadounidenses lo utilizaron en bastantes ocasiones como un ejemplo de personaje femenino que podía tener una influencia beneficiosa en las nuevas generaciones de chicas y en la posibilidad de que se dedicaran a carreras científicas. Por otro lado, Teal’c permitía también profundizar en la sensación de desplazamiento, de no pertenecer a ningún sitio que podía tener un personaje como él. Entre los humanos no despierta confianza porque pertenece a una raza que intenta exterminarlos, y entre los goa’uld es tachado de traidor, alguien que ya no merece ser considerado parte de ellos.

La dicotomía entre lo militar y lo científico, y civil, impulsó muchas tramas de ‘Stargate SG-1’

‘Stargate SG-1’ tuvo tiempo de evolucionar mucho en diez temporadas, repartidas además en dos cadenas diferentes (Syfy la rescató al final de la quinta entrega), y en esas dos etapas acabó superando a la película de Emmerich, sobre todo gracias a un humor muy autoconsciente. El personaje del coronel O’Neill, interpretado por un veterano de la televisión como Richard Dean “MacGyver” Anderson, era quien aportaba la mayoría de los chascarrillos y de los comentarios irónicos a costa, muchas veces, de la actuación del ejército en las misiones. Si la ‘Stargate’ original giraba con fuerza alrededor de O’Neil y Jackson, la serie se volvió un poco más coral al darle la misma relevancia a Teal’c y a Carter, lo que enriqueció bastante más las tramas. Y se creó una compleja y vasta mitología alrededor de los Antiguos, la civilización que había creado las puertas, cuyo funcionamiento probablemente estuviera basado en los agujeros de gusano, estructuras teóricas de la física moderna que tienen la capacidad de “doblar” el espacio-tiempo y, de ese modo, permitir el viaje entre dos puntos lejanos del universo.

Las aventuras sin demasiadas pretensiones del equipo de O’Neill calaron entre el público aficionado a la ciencia ficción y ‘Stargate SG-1’ acabó teniendo dos spin-off. El primero de ellos, ‘Stargate Atlantis’, se centraba en una base en el espacio, en la mítica Atlántida, construida por los Antiguos, y era un poco la ‘Star Trek: Espacio Profundo 9’ de la saga de las puertas estelares.

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En lugar de tener en la Tierra su centro de operaciones, los protagonistas de la nueva serie estaban destinados directamente al espacio, y en su tripulación se veía más de cerca la colaboración entre humanos y extraterrestres con la presencia de Ronon y Teyla. ‘Stargate Atlantis’ explotó más el lado humorístico y de diversión de su serie madre, y también creó unos villanos todavía más aterradores que los goa’uld, los Espectros. Entre ambas series se hicieron muy comunes los crossovers de personajes y las dos contribuyeron a construir un universo en el que tendría después cabida ‘Stargate Universe’, un intento de ficción un poco más seria, con un grupo de gente  atrapado por accidente en una antigua nave cuyo destino ignoran.

Las tres series estaban muy influidas por ‘Star Trek’ en la manera en la que los miembros de cada equipo stargate interactuaban con las civilizaciones alienígenas que se encontraban. La mitología de los Antiguos fue desarrollándose y profundizándose en las tres, y lo que se mantuvo también en ellas era la tensión entre los objetivos militares y los científicos, o meramente civiles. ‘Stargate Universe’, de hecho, basaba buena parte de sus tramas en ese conflicto, y en los otros dos títulos solía dar pie a diferentes discusiones sobre los beneficios de la exploración altruista, por el beneficio del conocimiento, y sin buscar la explotación por un lucro determinado.

Cuando ‘Stargate SG-1’ finalizó, en 2007, lo hizo por el deseo de Syfy de buscar un público más amplio a través de series menos espaciales, y que tuvieran más elementos fantásticos y más humor, un giro que se ejemplificó en títulos como ‘Warehouse 13’ o ‘Eureka’. La época de las space operas parecía haber quedado atrás.

El personaje

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Uno de los personajes creados específicamente para la serie, la capitán Samantha Carter (Amanda Tapping), es el que ha terminado encarnando mejor la personalidad propia de ‘Stargate SG-1’ frente a la película original de Roland Emmerich. Carter representa el enlace entre los dos mundos enfrentados, al principio, en la serie: el militar de O’Neill y el científico de Jackson. Es astrofísica, estudiosa de las stargate y, al mismo tiempo, piloto de combate, y eso le permite tener una visión más amplia de las misiones que llevan a cabo, y de la importancia de las puertas estelares.

Tanto Richard Dean Anderson (O’Neill) como Michael Shanks (Jackson) terminaron dejando la serie, pero Tapping no sólo se mantuvo en ella, sino que su personaje se convirtió en el nexo de unión entre los tres títulos de la franquicia. Su experiencia con las puertas y sus conocimientos científicos le daban siempre un mayor ascendente sobre el resto de personajes. Y lo interesante es que, aunque era evidente en la serie que Carter y O’Neill estaban enamorados el uno del otro, su relación nunca fue un aspecto definitorio del personaje.

Los creadores

Los dos responsables de ‘Stargate SG-1’ eran Brad Wright (1961) y Jonathan Glassner. El segundo se marchó tras la tercera temporada, mientras el primero continuó también supervisando ‘Atlantis’ y ‘Universe’. Ambos habían trabajado antes en ‘Más allá del límite’ y Wright ya tenía experiencia en series que adaptaban películas con la de ‘Los inmortales’. El éxito de ‘SG-1’ le dio las llaves, junto con el guionista Robert C. Cooper, de una de las franquicias televisivas más longevas en Estados Unidos, que hasta llegó a expandirse en dos películas producidas directamente para el mercado de DVD, ‘Ark of Truth’ y ‘Continuum’.

Cinco capítulos imprescindibles

  1. ‘There but for the grace of God’ (1×19)
  2. ‘Window of opportunity’ (4×06)
  3. ‘Abyss’ (6×06)
  4. ‘Heroes’ (7×17)
  5. ‘200’ (10×06)

Ficha

Cadena/nacionalidad: Showtime-Syfy/Estados Unidos
Año: 1997-2007
Creadores: Brad Wright y Jonathan Glassner
Temporadas/capítulos: 10 (215), más dos tv movies
Otros: Basada en la película ‘Stargate’, de Roland Emmerich. Tuvo dos spin off, ‘Stargate Atlantis’ y ‘Stargate Universe’

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‘Star Trek’

“El espacio, la frontera final”.

“El espacio puede ser explorado y dominado sin alimentar las hogueras de la guerra, sin repetir los errores que el hombre ha hecho al extender su mandato alrededor de este planeta nuestro. No hay luchas, no hay prejuicios, no hay conflictos nacionales en el espacio todavía. Sus peligros son hostiles para todos. Su conquista merece lo mejor de toda la humanidad, y su oportunidad para la cooperación pacífica puede no aparecer otra vez”. Así presentaba el presidente John F. Kennedy, en 1962, el programa de Estados Unidos para ir a la Luna antes del final de la década (y, a ser posible, batiendo en la carrera a los rusos), un programa bautizado como Apolo y que, en aquel momento, representaba el culmen del optimismo y la confianza nacional que exudaba el país.

Dos años más tarde, el guionista televisivo Gene Roddenberry empezaba a trabajar en un proyecto que trasladaría a la pantalla esos valores de exploración y colaboración expresados por Kennedy en aquel discurso, que terminaba con el famoso “elegimos ir a la Luna en esta década y hacer otras cosas no porque sean fáciles, sino porque son difíciles”. Roddenberry se ganaba la vida escribiendo para westerns, pero su verdadera afición era la ciencia ficción. Había sido un niño con tendencia a caer enfermo que se había dedicado a leer ‘La Odisea’, ‘John Carter de Marte’, y la revista ‘Astounding Stories’,  y también le interesaban las historias de marineros intrépidos del siglo XVIII que surcaban los mares cumpliendo peligrosas misiones, y explorando territorios vírgenes, como las del capitán Horatio Hornblower. Todas estas influencias, más el clima optimista y de adelantos científicos que se vivía en la época, acabaron cristalizando en ‘Star Trek’, una serie sobre una nave que viajaba a planetas exóticos y remotos llevando el mensaje de cooperación pacífica de la Federación de Planetas.

Roddenberry creía que el futuro estaba lleno de grandes posibilidades y que la humanidad podía aprender a dejar atrás las rencillas que siempre habían coartado su progreso en el pasado. A través de Kirk, Spock, Sulu, Scotty y Uhura, su serie trasladaba a los espectadores un mensaje de tolerancia, y de aventuras increíbles, que quizás no le sirvió para tener una vida demasiado longeva en NBC, pero sí para convertirse en una serie de culto cuando sus capítulos comenzaron a repetirse en sindicación. A ‘Star Trek’ se le deben un montón de aspectos que, entonces, eran novedosos y que ahora estamos hartos de ver en todo tipo de películas y series.

‘Star Trek’ sólo vivió tres años en NBC, pero su legado se ha dejado sentir en la ciencia ficción posterior

Algunos surgieron un poco por casualidad, como el teletransporte de la tripulación de la Enterprise a los planetas que iban a explorar, o a otras naves. El coste de rodar un plano (con miniaturas) del aterrizaje de la nave en cada lugar que visitaban Kirk y Spock era demasiado alto, así que se optó por “inventar” el teletransporte como una manera de aprovechar mejor el presupuesto.

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La lógica pura de Spock y su amistad con Kirk, que escuchaba más a sus emociones, son otros de los aspectos más determinantes de una serie que se esforzaba por presentar dilemas morales a sus protagonistas, y que echaba mucha imaginación para hacer creer al espectador que la Enterprise realmente se encontraba con civilizaciones extrañas y de aspecto peculiar. La serie tuvo episodios sobre realidades alternativas en las que los personajes se encontraban con doppelgängers malvados, civilizaciones extraterrestres que intentaban lanzar una guerra contra todas las demás, o que usaban el control mental para dominar a sus rivales… Era una space opera muy clásica, con su protagonista un poquito arrogante y muy heroico (Kirk) y su amigo más racional, poniendo el contrapunto un poco más serio (Spock), pero en las aventuras de la nave Enterprise se procuraba entablar lazos de colaboración con las razas alienígenas que se encontraban, en lugar de pelear contra ellas.

Como decimos, el éxito de ‘Star Trek’ fue tardío. Lo encontró en las repeticiones en sindicación y, sobre todo, tras su salto al cine, en 1979, con una película que pretendía aprovechar el tirón de ‘Star Wars’, pero que era un poco más cerebral y más ciencia ficción tradicional que aventuras en el espacio. Y la longevidad que ha tenido ‘Star Trek’ desde su cancelación en televisión es digna de estudio. Los actores originales participaron después en seis películas entre 1979 y 1991 (de la que la mejor es la segunda, ‘La ira de Khan’), y en 1987 se estrenó, directamente para sindicación, ‘Star Trek. La nueva generación’, una serie que recogía los principios de la obra original y los recuperaba para la televisión de la época.

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Se mantuvo en antena siete temporadas y llegó a estar nominada al Emmy a mejor drama en 1994, y su gran éxito no sólo hizo famoso al actor Patrick Stewart, sino que permitió el lanzamiento de tres spin-offs: ‘Star Trek. Voyager’, ‘Star Trek. Espacio Profundo 9’ y ‘Star Trek. Enterprise’. ‘La nueva generación’ fue la space opera para, nunca mejor dicho, toda una nueva generación de aficionados a la ciencia ficción y las aventuras espaciales.

‘Star Trek’, además, no sólo ha pasado a la historia de la televisión por todo esto, o porque su influencia en las series posteriores es mucho más intensa de lo que parece, sino porque se atrevió, en 1968 (un año marcado por las manifestaciones a favor de los derechos civiles de la comunidad afroamericana), a incluir el primer beso interracial que se veía en la televisión estadounidense. La presencia de una mujer negra en la tripulación (Uhura) ya fue en su momento toda una declaración de intenciones, y que Kirk y ella compartieran un beso, aunque fuera obligados por unos malvados alienígenas, representaba toda una revolución. Por desgracia, aquel episodio llegaba en la tercera temporada, que sería la última de la serie y que no era demasiado seguida por la audiencia, pero el gesto quedó ahí.

El optimismo y la apuesta por la tolerancia y la cooperación internacional de ‘Star Trek’ terminó calando en los numerosos fans (los trekkies) que fueron descubriendo la serie en años posteriores, y la importancia que tuvo en el despertar de vocaciones científicas, por ejemplo, se recogen en un interesante documental dirigido por el hijo de Gene Roddenberry, ‘Trek Nation’, que nos acerca a la importancia cultural que ha tenido ‘Star Trek’. Aquel “el espacio, la frontera final” con la que se abría cada episodio era una puerta hacia lugares increíbles y aventuras de todo tipo que apelaba, realmente, a las mejores cualidades de los espectadores.

El personaje

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El gran personaje de ‘Star Trek’ es, muy probablemente, Spock (Leonard Nimoy). Mitad vulcaniano, mitad humano, el oficial científico de la nave Enterprise es también el segundo de a bordo del capitán Kirk (William Shatner) y su mejor amigo. Su manera de afrontar cualquier problema, desde la lógica y la racionalidad más fría, se ve cuestionada constantemente no sólo por la personalidad más impulsiva de Kirk, sino por su propio lado humano, con unas emociones que a Spock le cuesta, a veces, entender y dominar. En la integración de esas dos mitades suyas, la intelectual y la emocional, es donde está la gran evolución de personaje no sólo en las tres temporadas de la serie original, sino en las películas posteriores.

Además, la amistad entre el señor Spock y Kirk lanzó un movimiento fan que se conoce como shippers. Son espectadores que ven una relación romántica entre dos personajes cuyas tramas no los llevan por ese camino, y que se dedican a escribir sus propias historias desarrollando esa relación. En el caso de estos dos personajes, además, sus fans se referían a ellos como Kirk/Spock, y esa barra en medio, denominada “slash”, daría nombre a los shippers de parejas del mismo sexo.

Cinco capítulos imprescindibles

  1. ‘Balance of terror’ (1×14)
  2. ‘The city on the edge of forever’ (1×28)
  3. ‘Mirror, mirror’ (2×04)
  4. ‘The trouble with tribbles’ (2×15)
  5. ‘Plato’s stepchildren’ (3×10)

El creador


Para Gene Roddenberry (1921-1991), ‘Star Trek’ fue la creación de su vida. Piloto de combate durante la Segunda Guerra Mundial, comercial a su término y policía en Los Ángeles después, empezó a escribir guiones televisivos para varios westerns, que eran las series de mayor éxito a finales de los 50 y principios de los 60. Intentó crear en varias ocasiones sus propias series, incluida una ambientada en un barco y otra policiaca, pero sin suerte hasta que logró poner en pie ‘The Lieutenant’, sobre una base de marines, que duró poco.

Sin embargo, esa serie le permitió entrar en contacto con varios de los actores de ‘Star Trek’ y le dio la idea, primero, de situar otra serie en un barco, al estilo de las aventuras de Horatio Hornblower, y con una tripulación multiétnica, y luego decidió transformar esa idea en una space opera con toques de historias del Oeste. Roddenberry fue el primer guionista de televisión en tener su propia estrella en el Paseo de la Fama, en 1985, y siguió supervisando el universo que había creado incluso en la nueva versión de ‘Star Trek’ con el capitán Jean-Luc Picard al frente de la Enterprise.

Ficha

Cadena/nacionalidad: NBC/Estados Unidos
Creador: Gene Roddenberry
Año: 1966-68
Reparto: William Shatner, Leonard Nimoy, Nichelle Nichols, George Takei, DeForest Kelley, James Doohan, Walter Koenig
Temporadas/capítulos: 3 (80), más cinco películas

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‘Outlander’

Olvidas tu vida al cabo de un tiempo,
la vida que solías tener

Claire Randall es una veterana de la Segunda Guerra Mundial, una enfermera militar que, durante seis años, se acostumbra a ver cuerpos destrozados por balas, bombas y todo tipo de arma letal utilizada por el ejército alemán. Cuando finaliza la contienda, en 1946, Claire y su marido deciden tener la luna de miel que nunca pudieron disfrutar y se marchan a Escocia, a las Highlands.

Aquellas tierras tienen una historia sangrienta. Escocia fue un reino independiente hasta el siglo XIII, cuando el rey muere sin descendencia y Eduardo I de Inglaterra se posiciona como el pretendiente con mayores derechos a ese trono. Desde ese momento, las guerras contra los ingleses son continuas hasta en el siglo XVIII, cuando se unen ambos reinos mediante un tratado. El marido de Claire quiere buscar información sobre un antepasado suyo que sirvió en el ejército inglés durante aquellos años, y que se ganó una reputación de sanguinario y cruel entre los highlanders.

Pero allí también hay hueco para las leyendas y las historias mágicas, para lo que parecen cuentos sobre rituales celebrados de noche en círculos de piedras prehistóricos, círculos que aún albergan un gran poder. Claire descubrirá enseguida que ese poder es el de enviarla al pasado, a 1743, cuando en Escocia se fraguaba la rebelión jacobita que pretendía restaurar a un Estuardo en el trono de Inglaterra.

Outlander’ es, en realidad, más una serie de aventuras históricas que un título que de verdad se tome en serio el viaje en el tiempo. Éste es más una excusa para llevar a Claire al siglo XVIII, y a encontrarse allí con un highlander con el que vivirá su particular historia de amor, que un tema que la serie explore, pero el hecho de que su protagonista sea una mujer del siglo XX, que ha vivido una terrible guerra, atrapada en una época en la que los derechos de la mujer ni se planteaban, sí que ofrece un choque cultural que da pie a numerosas tramas y conflictos. Las supersticiones de los lugareños son difíciles de entender para ella, y sus conocimientos de lo que la Historia deparará a esa rebelión contra la Corona que están organizando los clanes (una dura derrota en la batalla de Culloden, en 1746) la sitúan en una posición muy delicada. Es una inglesa en medio de escoceses que se ven perseguidos y oprimidos por el ejército del rey Jorge II, y tiene que medir mucho sus palabras y sus actos si no quiere verse acusada de espía.

Aunque el viaje en el tiempo es el punto de partida de ‘Outlander’, no es después tan importante para el resto de la serie

La serie juega, así, con el truco del pez fuera del agua, de la persona que no encaja en un determinado escenario y que tiene que aprender con rapidez a integrarse. ‘Un yanqui en la corte del rey Arturo’, de Mark Twain, ya presenta una situación muy parecida a la de ‘Outlander’, sin el componente romántico; a Twain le interesa más la sátira social, pues su protagonista aparece en la Inglaterra del siglo VI llevando a cuestas sus conocimientos sobre la tecnología del siglo XIX y su protestantismo, una religión que no aparecería hasta el siglo XVI. Claire, por su parte, no quiere cambiar nada (al menos, al principio). Su único objetivo, inicialmente, es volver a su tiempo, pero cuando vea que eso no es tan sencillo, intentará adaptarse a su nueva vida en 1743.

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‘Outlander’ podría ser una evolución de las historias tradicionales de viajeros temporales. Si uno de ellos se queda atrapado en una época determinada, y tuviera que vivir en ella durante años, si no para siempre, ¿se integraría completamente en ese nuevo tiempo? ¿Mantendría algo que lo delataría como diferente? ¿Conseguiría que sus vecinos dejaran de observarlo con ciertas reticencias?

La visión de una determinada época histórica a través de los ojos de un viajero del futuro puede darle un tono diferente a una serie. Claire está asistiendo al declive del estilo de vida de los clanes de highlanders, algo de lo que ellos, lógicamente, no son conscientes. Y aunque utilice en ocasiones su experiencia de 1945, como en su faceta de sanadora, se dedica a intentar integrarse. El tirón entre su tiempo y su nueva situación se representan con esos dos hombres que forman parte de su vida, su marido y Jaime Fraser; cada uno está en una época diferente, ejemplifican modos de vida diferentes y, de algún modo, ponen a Claire ante la dicotomía de elegir quién quiere ser. La guerra ha marcado los últimos seis años de su vida. ¿Quién es ella lejos de los hospitales de campaña?

El personaje

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Claire Randall (Caitriona Balfe) es la gran protagonista de ‘Outlander’ y, por tanto, el personaje en el que se pone más atención y cuidado en su evolución. Los secundarios y, sobre todo, Jaime Fraser (Sam Heughan) también van ganando importancia con el paso de los capítulos, pero es a través de los ojos de Claire, y de su voz en off, como el espectador percibe todas las nuevas situaciones en las que se va encontrando. Ella es una mujer muy moderna, muy del siglo XX y, en algunos campos, hasta es más del siglo XXI; se corresponde más con los personajes femeninos que van protagonizando las series desde los últimos cinco años, aproximadamente. Claire y su marido Frank se alistan ambos durante la Segunda Guerra Mundial, pero es ella la que se va al frente, por ejemplo, mientras su esposo se queda en la retaguardia, en Inteligencia.

Es cabezota, le gusta beber quizás un poco de más, no es religiosa y sabe llevar el mando en amplias facetas de su vida, incluidas las más íntimas. Una mujer así lo tiene complicado para sobrevivir en una época en la que los hombres tenían tanta ascendencia sobre sus esposas y sus hijas como el siglo XVIII, y ahí está, en gran parte, el conflicto sobre el que se construye ‘Outlander’. Claire es inteligente, aunque a veces tienda a decir cosas que no debe, y es esa inteligencia la que más la define como personaje. Es la heroína de una historia clásica de aventuras y, como tal, ella tiene que labrarse su propio destino.

La creadora

El guionista Ronald D. Moore es el responsable de la serie (hablamos de él en el capítulo dedicado a ‘Battlestar Galactica’), pero ‘Outlander’ es una adaptación de una saga de libros de la estadounidense Diana Gabaldón, que empezó escribiendo artículos sobre software y ordenadores a mediados de los 80, luego se pasó a la divulgación científica y después, a los best-sellers de corte histórico por culpa de un capítulo de la era clásica de ‘Doctor Who’ en el que el acompañante del Doctor era Jamie McCrimmond, un joven escocés del siglo XVIII.

A partir de ahí, Gabaldón fue creando una contrapartida femenina, e inglesa, para todos los highlanders, pero no era capaz de mantener al personaje en la época. Su protagonista no paraba de hacer comentarios sarcásticos y modernos sobre esos hombres, y así entró el último elemento de su ‘Forastera’; el viaje en el tiempo. Curiosamente, aunque Gabaldón ha escrito casi una decena de libros sobre Claire Randall y sus descendientes, inicialmente no estaba muy claro que fueran a tener éxito. Ante la mezcla de géneros en su novela, su editor le propuso publicarla, en lugar de como ciencia ficción, como novela romántica, que tenía mayor potencial de ventas. Fue todo un acierto.

Cinco episodios imprescindibles

  1. ‘Sassenach’ (1×01)
  2. ‘The Garrison commander’ (1×06)
  3. ‘The wedding’ (1×07)
  4. ‘Through a glass, darkly’ (2×01)
  5. ‘Faith’ (2×07)

Ficha

Cadena/nacionalidad: Starz/Estados Unidos
Año: 2014-
Creador: Ronald D. Moore
Reparto: Caitriona Balfe, Sam Heughan, Tobias Menzes, Duncan Lacroix, Graham McTavish, Lotte Verbeek
Temporadas/capítulos: 2 (29)
Otros: Basada en la saga de libros ‘Forastera’, de Diana Gabaldón

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‘La mujer biónica’

“¡No soy tan biónica!”

A finales de la década de los 50, Estados Unidos y la URSS estaban enzarzados en la carrera espacial, una “competición” por ver cuál de los dos podía llevar antes al hombre al espacio. Ambos se lanzaron a ella empezando prácticamente de cero (y con la inestimable ayuda de investigaciones en cohetes hechas por científicos nazis durante la Segunda Guerra Mundial), y desconociendo por completo cómo afectaría al cuerpo humano el viaje hasta la órbita terrestre y la estancia en un entorno de microgravedad.

Se llevaron a cabo multitud de estudios sobre fisiología humana y sobre los hábitats más adecuados para la supervivencia de los futuros astronautas en el espacio, y cuando Estados Unidos y la recién nacida NASA comenzaron a formar a esos astronautas en el Proyecto Mercury, les sometieron, probablemente, a todas las pruebas médicas que se les ocurrieron. Era un terreno virgen para la medicina, así que se hacía necesario recopilar todos los datos posibles sobre la respuesta del cuerpo humano a todos los riesgos inherentes a los viajes espaciales.

En esa coyuntura, los investigadores Manfred E. Clynes y Nathan S. Kline, del hospital estatal de Rockland, en el estado de Nueva York, publicaron en 1960 un artículo científico titulado “Cyborgs y espacio”, y que abogaba por la modificación corporal de los astronautas para que se adaptaran mejor al entorno espacial. En su entradilla, el artículo decía que “alterar las funciones corporales del hombre para cumplir los requerimientos de los entornos extraterrestres sería más lógico que ofrecerle un entorno terrestre en el espacio… Sistemas orgánico-artificiales, que extenderían los controles inconscientes y autorreguladores del hombre, son una posibilidad”. Así nacía el cyborg, la mejora y extensión mecánica (cibernética) de las habilidades de un ente orgánico, de tal manera que ambas partes (la orgánica y la cibernética) fueran indistinguibles e indisociables una de la otra.

Edgar Allan Poe ya había imaginado, a mediados del siglo XIX, un ser así en un relato sobre un veterano de guerra con múltiples prótesis, pero la introducción del término cyborg, y los avances médicos del siglo XX, llevaron a esta figura a otro nivel, uno que se explora en la novela ‘Cyborg’, de Martin Caidin, que sería adaptada a televisión a principios de los 70 con el título de ‘El hombre de los seis millones de dólares’.

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Steve Austin, su protagonista, es un ex astronauta que tiene un accidente durante el vuelo de prueba de un avión, y el ejército le salva la vida implantándole piernas, un brazo y un ojo biónicos, artificiales. Estos implantes lo convierten prácticamente en un superhéroe que ayuda a la gente y acaba con malvados villanos todas las semanas, y al que le presentaron en un episodio a una mujer también biónica, como él, que debía ser su interés amoroso, pero cuyo cuerpo rechazó sus miembros cibernéticos y falleció. Sin embargo, Jaime Sommers y su intérprete, Lindsay Wagner, habían sido muy populares entre el público, por lo que la ABC decidió darle su propia serie, en la que Sommers se convertía en una agente secreta a sueldo de una organización llamada OSI, la misma para la que trabajaba Steve Austin.

La mujer biónica’ se estrenó en 1976, y ocupó en ABC el hueco que dejaba en su parrilla ‘Wonder Woman’, que después de su primera temporada se mudó a CBS. Sommers tenía capacidades físicas sobrehumanas, y aunque eso no la colocaba en el mismo nivel que Diana Prince (que era una princesa amazona, no lo olvidemos), adquirió el mismo éxito que la superheroína interpretada por Lynda Carter. De hecho, ‘La mujer biónica’ resultó ser una serie que, entre las misiones que su protagonista tenía que llevar a cabo y las escenas de acción en las que aprovechaba la ventaja que le daban sus implantes cibernéticos, acabó introduciendo un subtexto feminista muy interesante para la década de los 70.

El movimiento feminista de los 70 en Estados Unidos acabó teniendo una gran influenci en ‘La mujer biónica’

Nunca se cuestionaba que Sommers era tan capaz como sus colegas masculinos, y cuando alguno de los villanos lo hacía, se llevaba un comentario sarcástico, o directamente una reprimenda de ella. Al mismo tiempo, Jaime intentaba que se la valorara por algo más que por sus miembros biónicos, y todo esto se contaba en una serie de entretenimiento familiar, y que encontró su público más entusiasta entre los más jóvenes. ‘La mujer biónica’ reflejaba también la actividad del movimiento feminista estadounidense durante los 70, pidiendo sobre todo condiciones no discriminatorias en el entorno laboral, y lo hacía mostrando que Jaime Sommers era tan válida como Steve Austin.

El personaje

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Jaime Sommers (Lyndsay Wagner) era la heroína total de su serie, algo que en los 70 no era tan habitual. Pasó de ser un personaje invitado en ‘El hombre de los seis millones de dólares’, donde era la novia de Steve Austin que, para poner la nota trágica, tenía un accidente y moría, a pesar de recibir los mismos implantes biónicos que él, a convertirse en su igual en su propia serie. Muchos fans recuerdan todavía el ruido que hacía al correr con sus piernas cibernéticas, y el sentido del humor que utilizaba para sacar ventaja frente a sus rivales. En cuanto a la tendencia de mujeres fuertes, de heroínas de acción que viviría la televisión un par de décadas más tarde, Sommers fue una de las pioneras.

Su protagonismo permitía, además, reflejar algunos de los temas que las activistas feministas intentaban llevar a primer plano en la conversación social estadounidense. Tener un personaje protagonista como el de ‘La mujer biónica’ daba visibilidad a algunas de sus reivindicaciones y ayudaba a que los espectadores no se extrañaran si una mujer hacía un trabajo considerado tradicionalmente masculino. Que Sommers fuera una mujer profesional, que vivía sola y no estaba definida por su relación con un hombre (al menos en su propia serie) fue todo un avance para la época.

El creador

Kenneth Johnson (1942) es uno de los guionistas de ciencia ficción más activos de la televisión estadounidense. Su objetivo era acercar el género al público más masivo posible, sacarlo del nicho de los “frikis” que viven todavía en el sótano de su madre y de los adolescentes, y en sus series es habitual encontrar algún comentario social. En ‘La mujer biónica’ se acerca a las reivindicaciones feministas de igualdad de derechos con el hombre, por ejemplo, aprovechando el spin-off de ‘El hombre de los seis millones de dólares’ para hacer algo más original. También se encargaría de la serie de ‘El increíble Hulk’ con Lou Ferrigno y, en los 80, se atrevería con las alegorías sociales que permiten los contactos con extraterrestres en ‘V’ y ‘Alien Nación’.

Cinco capítulos imprescindibles

  1. ‘The deadly missiles’ (1×06)
  2. ‘The deadly missiles’ (1×06)
  3. ‘Doomsday is tomorrow’ (2×13)
  4. ‘Deadly ringer’ (2×15)
  5. ‘Motorcycle boogie’ (3×07)

Ficha

Título original: ‘Bionic Woman’
Cadena/nacionalidad: ABC-NBC/Estados Unidos
Creador: Kenneth Johnson
Año: 1976-78
Reparto: Lindsay Wagner, Richard Anderson, Martin E. Brooks, Ford Rainey, Jennifer Darling
Temporadas/capítulos: 3 (58)
Otros: Spin-off de ‘El hombre de los seis millones de dólares’. Tuvo un remake en 2007.

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‘El Ministerio del Tiempo’

“- Las normas del ministerio son estrictas.
– Estrictas son las personas.
Las normas son palabras escritas en un papel”.

Viajar al pasado para evitar que se cambie la Historia. Es una de las excusas más viejas para dar inicio a una historia de desplazamientos temporales. Algún tipo con aviesas intenciones se hace con un aparato que le permite viajar al pasado y cambiar desde allí el futuro en su propio beneficio, y los héroes del relato tienen que impedírselo. Por ejemplo, digamos que el villano pretende salvar a Hitler de su muerte en el búnker al final de la Segunda Guerra Mundial. Es algo que no se puede permitir. Como dicen en el primer episodio de ‘El ministerio del tiempo’, la Historia puede no ser la mejor, pero es la única que tenemos.

A principios de los 80, el escritor Tim Powers publicó ‘Las puertas de Anubis’. En aquel libro existían unas puertas que permitían viajar al pasado, y se organiza una expedición de prueba de un erudito del poeta Samuel Taylor Coleridge a 1810, para asistir a una charla suya. Pero, como no podía ser menos, las cosas no suceden como estaba previsto y el protagonista se queda atrapado en el siglo XIX. La influencia de esa novela se nota en ‘El ministerio del tiempo’, en la que el gobierno español tiene un ministerio secreto que vela por la integridad de las puertas del tiempo, descubiertas por un rabino judío en el siglo XV, y que permiten trasladarse a cualquier punto de la Historia de España.

Para evitar que alguien las utilice con el fin de alterar dicha historia, el ministerio recluta a personas de diferentes épocas que tienen que cruzar las puertas para mantener el discurrir del tiempo recogido en los libros. Así es como se forma la patrulla protagonista de la serie, integrada por Julián, un enfermero del SAMUR de 2015 que no ha conseguido superar la muerte de su mujer; Alonso, un soldado de los Tercios de Flandes que está a punto de ser ajusticiado en el siglo XVII, y Amelia, una de las primeras mujeres en ir a la universidad en el siglo XIX. Los tres tienen que impedir que mercenarios del más diverso pelaje cambien la Historia por dinero, o por otros motivos más inconfesables, pero también se darán cuenta de que el trabajo en el ministerio no es tan sencillo.

‘El ministerio del tiempo’ es, en realidad, una serie de aventuras. Se mueve por la Historia de España mostrando a los espectadores aspectos que, a lo mejor, no son demasiado conocidos (como la visita de Himmler al monasterio de Montserrat buscando el Santo Grial, en 1940), y pone a sus protagonistas ante el reto de derrotar a enemigos con unos principios no demasiado diferentes de los que ellos pueden tener. El viaje en el tiempo es el mecanismo que permite que ocurran esas aventuras y, sobre todo, que pone a Julián, Alonso y Amelia ante la tentación de intentar cambiar aspectos de sus propias vidas que no salieron demasiado bien. Para Julián, por ejemplo, es toda una tortura saber que tiene al alcance de la mano la posibilidad de impedir la muerte de su mujer, pero que no debe hacerlo. ¿O sí debería intentarlo? Al fin y al cabo, ¿quién se lo impide?

El sentido del deber de sus personajes, los grandes sacrificios que asumen por su trabajo, es uno de los aspectos más destacados de una serie en la que se mezclan casi sin esfuerzo el lado más divulgativo con la acción, los toques de humor y, sobre todo, el sentido de la maravilla. Para Amelia y Alonso, cualquier avance del siglo XX (y no digamos ya del XXI) es casi cosa de magia, algo increíble y especial que hay que disfrutar al máximo. Y la posibilidad de conocer a sus ídolos literarios, por ejemplo, otra oportunidad que hay que aprovechar.

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‘El ministerio del tiempo’ entremezcla esas misiones, esos contrastes culturales entre diferentes épocas, esas referencias pop a ‘Terminator’, ‘Regreso al futuro’ o ‘Curro Jiménez’, con la evolución emocional de todos sus personajes, y aprovecha los viajes al pasado para tomar prestada una página del libro de estilo de ‘Doctor Who’ (otra serie de la que los hermanos Olivares se declaraban grandes seguidores), y dar a cada episodio un tono diferente. Puede haber capítulos más orientados a la comedia, otros en la línea de las historias de grandes robos, otros pueden ser episodios bélicos o irse más por el lado de la comedia romántica y el enredo, y en todos se utiliza con gran tino a los personajes históricos. La serie ha redescubierto para la audiencia a gente como Lope de Vega, Velázquez, Lorca o el Cid, nombres de los que se ofrece un retrato más o menos fiel a lo que los historiadores cuentan sobre ellos, pero pasado por el tamiz de las aventuras de cada capítulo.

‘El Ministerio del Tiempo’ utiliza anécdotas poco conocidas de la Historia de España para armar las misiones y las aventuras de su patrulla

Y esas aventuras pueden ser tanto muy ambiciosas como un poco más pequeñas. Pueden ir desde impedir que Hitler acepte la propuesta de Franco de que España entre en la Segunda Guerra Mundial a liberar a unos soldados españoles presos por las tropas napoleónicas porque entre ellos hay un antepasado de Adolfo Suárez. En todas ellas, Julián, Alonso, Amelia y el resto de personajes tienen que enfrentarse también a sus propios problemas, a sus propios conflictos. El Ministerio los recluta porque en sus épocas están desarraigados y les da una constante, un lugar que pueden considerar su refugio y un grupo de personas que acaban convirtiéndose en familia. Y esos sentimientos sin resolver se aprecian siempre por debajo de la búsqueda del entretenimiento de la audiencia.

Esa sensación de diversión que transmiten las misiones, aunque tengan unas consecuencias emocionales que los personajes no preveían al principio, es lo que más destaca en ‘El ministerio del tiempo’. Eso y la idea de que no hay que confiar ciegamente en las instituciones. Al fin y al cabo, se mantienen en marcha gracias a las personas que trabajan en ellas, y son esas personas las que determinan si son justas, malvadas o un completo desastre.

El personaje

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De los tres protagonistas principales, la que va situándose poco a poco en el centro emocional de la serie es Amelia Foch (Aura Garrido). Arranca ‘El ministerio de tiempo’ como hija de una familia bien de Barcelona a finales del siglo XIX, y siendo una de las primeras mujeres en ir a la universidad en España. Sin embargo, su intelecto y su reticencia a quedarse atrapada en el rol que la sociedad de la época reservaba a las jóvenes de su posición la lleva a chocar constantemente con el estamento universitario y hasta con sus padres, y ahí es donde entra en juego el Ministerio. Amelia es reclutada por sus conocimientos históricos y su capacidad para ser la líder de la nueva patrulla, pero todavía tiene mucho que aprender en el plano emocional.

Amelia representa una parte de los riesgos que ese trabajo salvaguardando la Historia puede acarrear. No es tanto el precio personal que paga Irene Larra, por ejemplo, sino la losa de saber cuál va a ser tu futuro, tu destino. Ese descubrimiento, motivado por su irrefrenable curiosidad, marca al personaje durante las dos temporadas emitidas hasta ahora de la serie, y colorea su relación con Julián, sobre todo. Amelia puede ser un poco Hermione Granger, pero su tumulto interno la separa de esa sombra. Con el paso de los episodios va adquiriendo más seguridad en sí misma y va dándose cuenta de que ese conocimiento del futuro no puede atenazarla tanto. Su futuro no está escrito.

Los creadores

Pablo y Javier Olivares son dos guionistas muy veteranos de la televisión española. Juntos o por separado, pasaron por series tan emblemáticas como ‘Los Serrano’, ‘Los hombres de Paco’ y, en TV3, participaron en algunos de los títulos de más éxito reciente en Cataluña, como ‘Ventdelplá’. En 2011 pusieron en marcha para TVE dos series de corte histórico, ‘Isabel’, sobre cómo Isabel de Castilla se convirtió en reina de España, y ‘Víctor Ros’, una adaptación de unos libros de Jerónimo Tristante sobre un detective en el Madrid de finales del siglo XIX.

Ese mayor interés en explorar la historia de España, más su afición por la ciencia ficción y las aventuras clásicas, les llevó a crear ‘El ministerio del tiempo’, una serie cuya emisión, a principios de 2015, desató un fenómeno en internet inaudito hasta entonces para una serie española. Por desgracia, Pablo Olivares no pudo ver el éxito de su criatura; falleció de ELA antes de que se terminara de rodar el primer episodio.

Cinco episodios imprescindibles

  1. ‘El tiempo es el que es’ (1×01)
  2. ‘Cómo se reescribe el tiempo’ (1×03)
  3. ‘Cualquier tiempo pasado’ (1×05)
  4. ‘Tiempo de leyenda’ (2×01)
  5. ‘Cambio de tiempo’ (2×13)

Ficha

Cadena/nacionalidad: TVE/España
Año: 2015-
Creadores: Pablo y Javier Olivares
Reparto: Rodolfo Sancho, Aura Garrido, Nacho Fresneda, Cayetana Guillén-Cuervo, Jaime Blanch, Juan Gea, Natalia Millán
Temporadas/capítulos: 2 (21)

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‘Firefly’

“-Seguimos volando. 
-Eso no es mucho.
-Es suficiente.”

Si nos ponemos técnicos, ‘Firefly’ es un western. Que, al fin y al cabo, es lo que eran casi todas las primeras space operas, cambiando las inabarcables praderas del Salvaje Oeste por la inmensa negrura del espacio. Pero la serie creada por Joss Whedon aún va más allá al crear sus planetas exteriores como si fueran poblados construidos por los primeros pioneros en llegar a California, por ejemplo, y la tripulación de la nave Serenity hasta lleva a cabo una de las tramas más clásicas en los westerns: el asalto al convoy de diligencias.

O al tren, que para ese propósito, viene a ser lo mismo. Hasta su protagonista, Mal Reynolds, iba vestido prácticamente igual que John Wayne en ‘Centauros del desierto’, y Whedon quería, de hecho, que fuera también un poco como Ethan Edwards; se supone que es el protagonista, el “héroe” de la historia, pero es un poco cínico, pragmático, seco, y aunque Reynolds no está motivado por el odio como Edwards, la idea es que estuviera más cerca de ser un antihéroe que otro Han Solo.

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El carácter de Mal se suavizó casi enseguida (una de las múltiples discusiones de Whedon con la cadena, y también porque, en 2002, sólo HBO se atrevía con protagonistas así en sus series), pero lo que nunca pisó el freno fue la serie. ‘Firefly’ sólo duró once episodios en antena (se rodaron otros tres que nunca se emitieron, pero sí se incluyeron en su DVD), y en ellos se contaba la historia de la tripulación de la nave Serenity, un grupo heterogéneo de personas que está a bordo porque huye de algo, porque no tiene otro sitio donde ir o porque le vale con el dinero que consiguen pasando mercancías de contrabando hacia los planetas exteriores de un sistema que sufrió una guerra civil, en la que lucharon (y la perdieron) Mal y su segunda de a bordo, Zoe.

Los planetas interiores, unidos en una Alianza, se dedican desde entonces a oprimir a esos mundos exteriores, más rurales y pobres, mientras realizan unos misteriosos experimentos en jóvenes con dones especiales. La llegada a la nave de una de esas jóvenes, River, es lo que da inicio a la serie, y lo que pone a Mal y su tripulación en el punto de mira de los peores tipos a sueldo de la Alianza.

El misterio de qué pasa con River es la principal mitología de fondo de ‘Firefly’, una mitología de la que apenas se araña la superficie para cuando llegamos al último capítulo, pero por el camino conocemos a un grupo de personajes que son, sin duda, el principal activo de la serie. Desde el propio Mal al piloto Wash, la mecánico Kaylee, siempre alegre,  o Jayne, un mercenario que vendería a quien fuera por ganar un poco más de dinero, las dinámicas que se establecen entre todos quedan perfectamente dibujadas desde el principio, y el humor y la diversión que ofrecen, permiten que la serie se salga con la suya en muchos aspectos. También ayudan a “vender” mejor los momentos más serios y emocionales y la oscuridad de algunas de sus tramas. Los reavers, por ejemplo, son unas de las criaturas más sanguinarias y brutales de la ciencia ficción moderna.

El principal legado de ‘Firefly’ son sus fans, cuyo activo apoyo de la serie consiguió que Joss Whedon pudiera cerrar la historia en una película

‘Firefly’ tiene detrás, además, un mundo futurista muy pensado, en el que expresiones chinas de todo tipo se han colado en el habla coloquial de la gente, y en el que el pasado de los personajes juega un importante papel en lo que les va pasando. Tan crucial es que se vaya desenredando la trama de los experimentos sufridos por River como las heridas emocionales que Mal y Zoe sufren aún de la guerra, o las consecuencias de mezclar sus operaciones de contrabando con los negocios de Inara, algo más que una prostituta de lujo, y que viaja con ellos porque le confiere cierto prestigio a la nave.

Esta serie, además, destaca por la ruidosa comunidad de fans que congregó a su alrededor, los browncoats. Su constante actividad en internet, su compra en masa del DVD de su única temporada y su amor incondicional por la serie consiguió que Joss Whedon tuviera luz verde por parte de Universal para rodar una película que mostrara un poco del camino que habría seguido la serie si no hubiera sido cancelada, ‘Serenity’. Sus componentes de ciencia ficción estaban un poco más acentuados, y se exploraba bastante más la mitología detrás de ‘Firefly’, y el mero hecho de que algo así fuera posible, tres años después de que la serie dejara de emitirse abruptamente, hasta encajaba en el espíritu de resistencia de la tripulación de Mal. “Seguimos volando”.

El personaje

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Malcolm Reynolds (Nathan Fillion) era el centro de ‘Firefly’, aunque el resto de personajes tuviera también una gran relevancia. Era su carácter el que definía el tono de la serie, un poco más serio de lo habitual en un título de aventuras en una cadena en abierto, sobre todo porque a Mal le importaba el bienestar de su tripulación y de su nave, y casi nada más. Constantemente estaba en busca de trabajos que le permitieran conseguir suministros, comida, equipo para reparar las averías que pudieran surgir, y en su mente nunca se planteó ser un héroe contra una Alianza que ya le había derrotado en la guerra contra los planetas exteriores. El cinismo de Mal, sin embargo, ocultaba a alguien un poco más romántico, y que no estaba dispuesto a cambiar por nada del mundo la sensación de libertad e independencia que le daba volar en su nave Serenity.

Reynolds termina expresando su sentido de la justicia y su solidaridad por otros en posición más débil, y también decide enfrentarse a la Alianza para saber qué le hicieron a River. Su relación de tensión sexual no resuelta con Inara, la cortesana que vuela con ellos para dar cierta respetabilidad a algunas de sus misiones, explora esas facetas de su carácter que Mal se esfuerza por reprimir porque considera que son las que le fallaron durante la guerra. Es una subtrama muy clásica de las series de Whedon, y el desarrollo como personaje del capitán Reynolds también es muy reconocible para los seguidores de este guionista.

El creador

Joss Whedon (1964) proviene de una familia de guionistas de televisión y cine liderada por su abuelo, John, que escribió para ‘The Donna Reed Show’, y por su padre, Tom, que trabajó en ‘Las chicas de oro’, entre otros títulos. Whedon empezó escribiendo en ‘Roseanne’ y, después, colaboró en los libretos de varias superproducciones de Hollywood, retocándolos sin que su nombre apareciera después en los créditos. Su primer trabajo relevante fue ‘Toy Story’, que le valió una nominación al Oscar junto con otros cinco escritores, y por aquel entonces escribió el guión de una cinta que, después, se transformaría en la serie de televisión que lo haría conocido: ‘Buffy, cazavampiros’.

Así empezó su carrera en la pequeña pantalla, construida con títulos que adquirían estatus de series de culto pero que rara vez aguantaban más allá de la primera o la segunda temporada, con la excepción de la ya mencionada ‘Buffy’ y ‘Ángel’. En 2012 regresó al cine por la puerta grande con el enorme éxito que fue ‘Los Vengadores’, una película en la que estaban presentes bastantes de los rasgos comunes de sus series, desde sus toques de humor y la creación de una familia heterogénea con personas que no encajan en ningún otro sitio, a los momentos más emocionales y duros que llegan de improviso.

Cinco capítulos imprescindibles

  1. ‘Serenity’ (1×01)
  2. ‘Safe’ (1×05)
  3. ‘Out of gas’ (1×08)
  4. ‘The message’ (1×12)
  5. ‘Objects in space’ (1×14)

Ficha

Cadena/nacionalidad: Fox/Estados Unidos
Año: 2002
Creador: Joss Whedon
Reparto: Nathan Fillion, Morena Baccarin, Jewel Staite, Summer Glau, Alan Tudyk, Gina Torres, Adam Baldwin, Sean Maher
Temporadas/capítulos: 1 (14)

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‘Steven Universe’

“Soy un miembro de las Gemas de Cristal. 
Luchamos contra monstruos 
y protegemos a la humanidad, y esas cosas”

Steven es un niño de unos diez años que vive en un pueblo costero del este de Estados Unidos. Perdió a su madre el día de su nacimiento y tampoco ve tanto a su padre, que tiene un lavadero de coches y que, en su juventud, soñaba con ser una estrella del rock. Steven se ha criado con tres amigas de su madre, tres entes que, en realidad, son Gemas, seres extraterrestres con nombres de piedras preciosas y que, cuando la madre de Steven abandonó su forma corpórea para que él pudiera existir, prometieron protegerlo, cuidarlo y, además, proteger la Tierra de cualquier amenaza que llegara de fuera.

Es un punto de partida bastante particular para una serie de animación orientada a un público infantil, ¿no? Teniendo en cuenta que su creadora, Rebecca Sugar, y parte de su equipo creativo proviene de ‘Hora de aventuras’, una de las series animadas más originales de los últimos tiempos, ya no resulta tan sorprendente que ‘Steven Universe’ sea como es, pero sí es digna de mención la evolución paso a paso que ha tenido la serie.

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Porque cuando arranca la historia, sólo sabemos que Steven es mitad humano, mitad Gema, que tiene ciertos poderes que no ha podido utilizar aún y que las otras tres Gemas, Perla, Amatista y Granate, intentan protegerlo todo lo que pueden de los peligros a los que ellas se enfrentan y, al final, de su propio pasado “familiar”. Enseguida nos familiarizamos con el resto de habitantes de Beach City y con esa vida normal que Steven lleva allí, hasta que va aprendiendo quién era en realidad su madre y de lo que él es capaz.

Es una clásica historia de maduración del héroe y de asunción de su papel en una historia mucho mayor, pero contada con pegadizas canciones, en cómodos episodios de 11 minutos y con una gran influencia en su estilo de dibujo de los animes y los videojuegos. Y que aprovecha que su audiencia va creciendo con la serie, y con Steven, para ir profundizando poco a poco en su vasta mitología y en sus mensajes de amor y tolerancia.

La propia Rebecca Sugar afirma que “siempre planeamos que el mundo fuera abriéndose en frente de Steven porque toda la serie tiene que ser una metáfora del paso de la infancia a la edad adulta y, de repente, cómo entiendes lo que está pasando a tu alrededor”. Así que, según Steven va aprendiendo a manejar sus poderes y va dejando atrás su niñez con su relación con su amiga Connie o su entusiasmo por ayudar a las Gemas en sus misiones, descubre también quiénes son de verdad sus tres “madres” y qué se proponía el resto de su congéneres. De hecho, para ser una serie de animación de Cartoon Network, la progresiva apuesta por la serialización de ‘Steven Universe’ (propiciada también por la programación de sus episodios en tandas diarias que duran una semana, para tomarse después un descanso) es toda una novedad en el género, una novedad que es lo que le ha ganado también seguidores mucho más adultos y grandes elogios entre la crítica.

Los colores brillantes con los que está retratada la serie y la emoción de Steven por asumir su destino, por decirlo de alguna manera, ayudan a contar, en realidad, una historia un poco más seria de individuos que tienen que marcharse de su hogar porque allí se salen de las normas establecidas, y que encuentran en la Tierra una familia adoptiva que haría cualquier cosa por ellos. Conforme descubrimos el pasado de Granate, el origen de Amatista o la relación de Perla con Rosa Cuarzo, la madre de Steven, la serie adopta matices bastante más adultos y se va permitiendo comentarios sobre la identidad de género y la importancia del consentimiento en las relaciones amorosas que son los que le han ganado un puesto entre los títulos más comentados por cierta crítica estadounidense.

La mitología detrás de ‘Steven Universe’ se va desvelando poco a poco, al mismo tiempo que su protagonista la va descubriendo

‘Steven Universe’  es una muestra de algunas cosas muy interesantes que está haciendo la animación infantil-juvenil estadounidense en la primera mitad de esta década. Los dibujos animados tratan con respeto y cierta seriedad temas que series de acción real no se atreven a tocar, como hace la creación de Rebecca Sugar con la fluidez en la identidad de género o con los sentimientos sin resolver entre las Gemas, que adoptan a Steven cuando nace, y su padre, que se lo entrega a sabiendas de que no podrá verlo todo lo que le gustaría. Todo esto se cuenta a través de unos personajes muy bien definidos y que logran ser entrañables enseguida, ya sea una villana siempre frustrada porque nadie es capaz de hacer las cosas bien o el lado más vulnerable de Perla, siempre obsesionada por seguir las normas.

Que los personajes con capacidades mágicas (con superpoderes, directamente) se presenten con forma femenina, menos Steven, es otra de las notas más definitorias de la serie, y lo que le permite escapar de las caracterizaciones habituales en animación de que este título se crea para los chicos y éste, para las chicas (divisiones que se establecen para poder vender luego merchandising de la misma manera).

Sin embargo ‘Steven Universe’ se resiste a ser categorizada. Uno de los mejores ejemplos de lo que la hace diferente es una de sus clásicas canciones, en la que Steven canta “todo lo que quiero ser es una mujer gigante”. ¿Quiénes somos nosotros para negarle su deseo?

El personaje

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Steven es el protagonista de ‘Steven Universe’ y el personaje cuya evolución vamos siguiendo en todos los episodios, pero quien mejor representa lo que es la serie es Granate (Estelle). Esta Gema se presenta desde el principio como la más calmada de las tres, la que posee una presencia física más imponente y la que suele tomar las decisiones más complicadas. No habla demasiado y no suele expresar sus sentimientos, pero enseguida queda claro que haría cualquier cosa por Steven.  Y que hay algo más en ella, algo que no conseguimos averiguar de primeras, pero que le da cierta aura de misterio.

Cuando la serie introduce el concepto de la fusión, la unión armoniosa de dos Gemas para formar una más grande y poderosa, entendemos qué es Granate, que encarna a la perfección el mensaje de amor y respeto de la serie. Granate está formada por dos Gemas, Rubí y Zafiro, que deciden mantenerse fusionadas porque se quieren y no soportan estar una lejos de la otra, incluso aunque a veces discutan y no se pongan de acuerdo. La manera en la que Steven acepta la verdadera naturaleza de Granate representa perfectamente lo que ‘Steven Universe’ quiere contar sobre las relaciones con otras personas.

La creadora

Rebecca Sugar (1987) es la primera mujer que crea en solitario una serie para Cartoon Network, uno de los canales de animación más importantes de Estados Unidos. Se dio a conocer en el que fue también su primer trabajo en Hollywood, como guionista y responsable de las canciones de ‘Hora de aventuras’, una peculiar serie sobre un mundo postapocalíptico en el que se mueven un niño y su perro mágico. Las canciones de Sugar mezclan el folk, las sintonías de videojuegos y ayudan a que el público comprenda mucho mejor a los personajes, y fueron su principal carta de presentación con ‘Steven Universe’.

Esa serie está creada basada en gran parte en su infancia con su hermano y en su amor por la fantasía, la ciencia ficción y cómo esas historias formaban una parte importante de sus vidas. También cree que esas historias pueden ayudar a formar al público, a normalizar aspectos de la realidad que, a lo mejor, no pueden ver de otra manera, como una relación entre dos personajes del mismo sexo o la capacidad de los personajes femeninos de ser las heroínas de sus propias historias.

Cinco capítulos imprescindibles

  1. ‘Giant woman’  (1×12)
  2. ‘Jailbreak’ (1×49)
  3. ‘Sworn to the sword’ (2×09)
  4. ‘The answer’ (2×25)
  5. ‘Gem drill’ (3×02)

Ficha

Cadena/nacionalidad: Cartoon Network-Estados Unidos
Año: 2013-
Creadora: Rebecca Sugar
Reparto (voces): Zach Collison, Estelle, Deedee Magno, Michaela Dietz
Temporadas/capítulos: 3 (86)

DARK MATTER -- Season:1 -- Pictured: (l-r) Zoie Palmer as The Adroid, Alex Mallari Jr. as Four, Anthony Lemke as Three, Melissa O'Neil as Two, Mark Bendavid as One, Jodelle Ferland as Five, Roger Cross as Six -- (Photo by: Dennys/Ilic/Syfy)

‘Dark Matter’

“-Tienen una historia de violencia, inestabilidad mental,
comportamiento antisocial extremo, engaño…
-Lo que importa es quiénes son ahora”.

Una nave espacial averiada y seis desconocidos que se despiertan de una estancia en hibernación sin recordar quiénes son. Sobre esa base se construye ‘Dark Matter’, una evolución en el género de la space opera en la que las expediciones de la nave importan menos que el propio viaje de los personajes hacia el redescubrimiento de quiénes son. O, viendo su historial pasado, hacia quiénes quieren ser a partir de ese momento.

En ‘Dark Matter’, los protagonistas son los que, habitualmente, serían los malos, una tripulación de mercenarios con reputación de ser eficientes, despiadados y, también, brutales, pero que comienzan la historia en desventaja con todos los rivales que gente así tiene por defecto. Ellos no se acuerdan de quiénes son y tampoco de cómo llegaron a la nave, y sólo tienen claro que, mientras estuvieron hibernando, alguien les borró la memoria de un modo deliberado. ¿Pero quién? ¿Y con qué objetivo?

Mientras intentan resolver esas preguntas, tienen que seguir cumpliendo misiones que no recuerdan haber aceptado y, al mismo tiempo, deben decidir si quieren conocer su pasado o no. Su nueva situación, en la que deciden numerarse en lugar de utilizar unos viejos nombres que se han escapado de su mente, puede significar una segunda oportunidad para ellos. O a lo mejor no, porque el pasado siempre vuelve para cobrar las consecuencias de sus actos.

Ese énfasis en la memoria y en los posibles traumas de la “vida anterior” de los protagonistas da a la serie un punto de vista ligeramente diferente de otras apuestas del mismo estilo. El grupo incluye algunos de los arquetipos más reconocibles de las space operas, desde el mercenario socarrón a la joven con gran dominio de la tecnología, pasando por el asesino de pocas palabras y la androide que controla la nave, pero algunos de ellos se van saliendo ligeramente del molde al evolucionar por caminos menos esperados. La androide, por ejemplo, sigue la típica evolución del desarrollo de algo parecido a sentimientos, pero su lógica manera de afrontarlo indica el esfuerzo por presentar una serie un poco distinta de sus dos responsables, dos veteranos de la saga ‘Stargate’ como Paul Mullie y Joseph Mallozzi.

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Ambos hacen girar las tramas hacia esa decisión que todos los protagonistas deben tomar sobre si quieren recuperar sus identidades pasadas o comenzar de nuevo, aunque hacerlo como una tabula rasa no es factible. Pequeños rasgos de sus personalidades aparecen cuando menos lo esperan, como el letal entrenamiento de Dos, la capitana de la nave, en el combate cuerpo a cuerpo, o la facilidad de la joven Cinco para arreglar cualquier equipamiento defectuoso. No pueden dejar de ser quiénes son, aunque intenten cambiar.

Los personajes de ‘Dark Matter’ intentan dejar atrás quiénes eran, pero sus pasados siempre se vuelven contra ellos

¿Pero pueden hacerlo? Ése es el otro tema de ‘Dark Matter’ y, curiosamente, las dudas de sus personajes sobre todo esto los ponen en desventaja ante el mundo cínico y materialista en el que se mueven. Hay otras bandas de mercenarios y codiciosas corporaciones espaciales que quieren bien utilizarlos, bien quitárselos de en medio para seguir traficando y lucrándose con los recursos de planetas enteros, y al fondo tenemos también unas pinceladas de negocios de clonación humana que pintan un panorama todavía más complejo.

La tripulación de la Raza (así es como se llama la nave) se desplaza a estaciones orbitales y a otros planetas llevando a cabo las misiones que les encargan, o buscando respuestas sobre sus respectivos pasados, pero el misterio que la serie se dedica a desgranar es el de los propios personajes. Todos afrontan, de algún modo, un camino de redención y una especie de día del juicio personal por los pecados que cometieron en una fase de sus vidas que no recuerdan. Su misión, si quieren aceptarla, es asumir dichos pecados y seguir adelante, ignorarlos o buscar penitencia por ellos. Porque han de saber que no se van a quedar olvidados en el pasado.

El personaje

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Dos (Melissa O’Neil) es el personaje cuyo viaje tarda más en empezar a aparecer, pero es uno que plantea interesantes preguntas, y preguntas de nuevo muy clásicas de la ciencia ficción. Cuando despierta en la nave, lo único que sabe seguro es que su memoria muscular, su instinto, es el de una soldado realmente fuerte y eficiente en la lucha sólo con sus manos y su cuerpo, y adopta rápidamente el rol de líder del grupo y de comandante de la Raza. Más allá de eso, no está segura de nada más, y cuando descubre parte de su reputación, prefiere que la sigan llamando por el número que se le asignó al salir de la hibernación, antes que por el nombre de alguien que parece ser una fría y despiadada mercenaria.

Los intentos de Dos por afirmar su identidad, por averiguar por qué es ligeramente diferente, físicamente, a sus compañeros y por descubrir al culpable de que todos estén amnésicos no son el centro de la serie, pero son una de sus tramas más interesantes. Es el personaje en el que mejor se representa la pugna por entregarse a los vicios del pasado o por buscar un camino nuevo en el futuro de todos los personajes, una segunda oportunidad que ni ella misma tiene muy claro que ninguno merezca.

Los creadores

Paul Mullie y Joseph Mallozzi (1965) son dos guionistas con experiencia en la ciencia ficción y, más específicamente, en las space operas tras su paso tanto por ‘Stargate SG-1’ como ‘Stargate Atlantis’ y ‘Stargate Universe’. Mallozzi empezó a desarrollar ‘Dark Matter’ cuando aún trabajaba en la primera de ellas, pero nunca tuvo tiempo de presentarla como una serie independiente. Cuando terminó la última de las series de la saga, Mallozzi y Mullie optaron por desarrollar primero un cómic porque, como reconocía el primero en una entrevista en la web Blastr, “sé que las ideas originales son difíciles de vender, pero si trabajas a partir de una propiedad establecida, la convierte en algo más tentador para los compradores”.

La editorial Dark Horse publicó cuatro números del cómic en 2012, y los dos primeros fueron el punto de partida para la serie, que acabó desarrollándose como una adaptación de la novela gráfica, en lugar de como una serie original. ‘Dark Matter’, además, aterrizó en Syfy en una época en la que el canal estaba volviendo a sus orígenes en la ciencia ficción un poco más dura y en las historias ambientadas en el espacio, un camino que había abandonado en 2009 al cambiar su imagen de marca en busca de un público más amplio. ‘Stargate Universe’, de hecho, fue la última de esas space operas que emitió Syfy antes de girar hacia series más de tipo fantástico y más ligeras.

Cinco capítulos imprescindibles

  1. 1×01
  2. 1×05
  3. 1×10
  4. 1×12
  5. 1×13

Ficha

Cadena/nacionalidad: Space-Syfy/Canadá
Año: 2015-
Creadores: Paul Mullie y Joseph Mallozzi
Reparto: Roger Cross, Melissa O’Neill, Zoie Palmer, Marc Bendavid, Jodelle Ferland, Anthony Lemke
Temporadas/capítulos: 2 (26)
Otros: Basada en el cómic del mismo título

DOLLHOUSE:  L-R:  Dichen Lachman, Fran Kranz, Enver Gjokaj, Olivia Williams, Eliza Dushku, Tahmoh Penikett and Harry Lennix.  The second season of DOLLHOUSE premieres Friday, Sept. 25 (9:00-10:00 PM ET/PT) on FOX.  ©2009 Fox Broadcasting Co.  Cr:  Frank Ockenfels/FOX

‘Dollhouse’

“La mente humana es como Van Halen.   
Si quitas una parte y no haces más que sustituirla, se degenera”.

Dos años antes de que Joss Whedon facturara una de las películas más taquilleras de todos los tiempos (‘Los Vengadores’), no era más que un guionista que arrastraba un culto de fans gracias a sus trabajos en televisión. ‘Buffy, la cazavampiros’ había renovado el género de instituto, casi sin que nadie se diera cuenta, utilizando vampiros, demonios y monstruos variados como alegorías de todos los temores habituales cuando uno está dejando atrás la adolescencia y entrando en la edad adulta, y aunque sus siguientes series no tuvieron el mismo éxito (‘Angel’ aguantó cinco temporadas en antena, pero a ‘Firefly’ sólo le dio tiempo a emitir once de los catorce capítulos que tenía rodados cuando FOX la canceló), cualquier noticia sobre un nuevo proyecto suyo enseguida provocaba que internet echara humo.

En 2008, se anunciaba que Whedon volvía a televisión, después de un intento fallido por poner en pie una película sobre Wonder Woman, y que lo hacía en una serie al servicio de Eliza Dushku, una de las actrices que habían pasado por ‘Buffy’, y que tenía un contrato de desarrollo de nuevos proyectos con FOX. La serie se llamaría ‘Dollhouse’, casa de muñecas, y tendría una premisa bastante original, pero que era al mismo tiempo un potencial campo de minas.

Esa casa de muñecas del título hacía referencia a una empresa que proporcionaba todo tipo de servicios a los clientes que pudieran pagarlo, servicios que llevaban a cabo los empleados de la casa, a los que se implantaba toda una gama de habilidades y recuerdos (y una personalidad) para que pudieran completar la tarea asignada. Una vez la finalizaban, esa identidad era borrada de su “sistema” y los “muñecos” quedaban como una tabula rasa, listos para recibir una nueva “misión” y, por tanto, una nueva personalidad. Lo perturbador de todo esto es que los activos de la casa de muñecas no eran robots; eran personas.

El punto de partida ya hacía que ‘Dollhouse’ tuviera unas implicaciones muy inquietantes. En cada capítulo veíamos a Echo, la protagonista, asumir diferentes identidades y realizar diferentes trabajos para los clientes de la empresa, y al espectador le resultaba muy difícil no pensar que, para muchos de esos clientes, la casa de muñecas no era más que un servicio de prostitutas de lujo, uno en el que podían elegir hasta el último detalle qué tipo de chica querían que fuera su acompañante esa noche, o ese día, o ese fin de semana. Al emitirse en una cadena en abierto como FOX, ‘Dollhouse’ nunca se adentró por ese territorio, pero era inevitable que no planeara sobre todos los episodios como una oscura sombra.

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La serie sí mostraba cómo el “borrado” de la mente de los activos no era tan perfecto, cómo quedaban leves trazos de cada personalidad en ellos, y cómo terminaba provocando que algunos de ellos empezaran a “despertar”, a readquirir su sentido de la individualidad y la autoconsciencia, y eso acarreaba muchos problemas. De hecho, la idea que latía bajo cada capítulo era que esa tecnología de implante de personalidad en otras personas podía ser tremendamente peligrosa si caía en manos de gente con dinero, poder y pocos escrúpulos. Llevaba al extremo la idea de la rebelión de los robots, pero aplicando casi los mismos principios que llevaban a que las máquinas se alzaran contra sus maestros humanos a personas corrientes, personas que se habían visto en dificultades y habían acabado en manos de la casa de muñecas, que se había aprovechado de ellas y las explotaba en su propio beneficio como esclavos sin voluntad.

Había, por supuesto, un agente del FBI que empezaba a investigar la casa de muñecas, sin saber muy bien dónde se estaba metiendo, y antiguos “muñecos” cuyos cerebros no habían podido soportar tanta descarga y borrado de personalidades diferentes, y en la segunda temporada, la serie exploró, a través de flashforwards, cómo sería un futuro en el que esa tecnología fuera portátil y estuviera al alcance de cualquiera con los suficientes medios para hacerse con ella. El subtexto de ‘Dollhouse’ era aterrador, pero nunca se llegó a mostrar del todo. Jugaba con las teorías sobre el control mental, la hipnosis, sobre la capacidad de sugestión y sobre los mensajes subliminales, temas que habían estado muy de moda durante la Guerra Fría, y también utilizaba otro tema todavía más viejo; la opresión de los más desfavorecidos por parte de los poderosos, y cómo los oprimidos acaban tomando conciencia de su identidad y despiertan.

El personaje

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Echo podía ser la protagonista de ‘Dollhouse’, pero pocos personajes encapsulan tan bien lo que es la serie como Topher (Fran Kranz), el técnico responsable de “cargar” las nuevas identidades en los muñecos y de borrarlas cuando finalizan su misión, de tal manera que, mientras no estén activos, sean lo más parecido a tablas rasas ambulantes, y prisioneras en la casa. Topher representa, inicialmente, uno de los arquetipos más recurrentes en las series de Joss Whedon, el del experto en tecnología, el geek del grupo, que es un poco más excéntrico que los demás y que, al principio, tiene el rol del secundario gracioso que a todo el mundo cae simpático. Topher está contento con su trabajo en la casa, siempre buscando mejoras en su tecnología y solucionando cualquier problema que pueda haber con los muñecos, y su evolución a lo largo de la serie va pareja a las revelaciones sobre lo que hay detrás, realmente, de la casa de muñecas.

La historia de cómo Sierra acaba en la empresa, por ejemplo, es uno de los momentos más inquietantes de ‘Dollhouse’, uno que apunta la dirección en la que iba a moverse el futuro de ese mundo, y en el que  Topher toma consciencia de que, tal vez, lo que él ha estado haciendo no es tan “chulo” como pensaba. Las secuelas de los sucesivos borrados e implantes de personalidades son muy reales (hay otro personaje en la serie, la doctora Saunders, que lo prueba), y las implicaciones que esa tecnología tiene, si cae por completo en manos de hombres poderosos, terminan por transformar al personaje.

Los creadores

Joss Whedon era el impulsor de ‘Dollhouse’, pero como de él hablaremos bastante más adelante, fijémonos en dos de sus más estrechos colaboradores en esa serie, su hermano Jed (1975) y Maurissa Tancharoen (1975). Este matrimonio de guionistas es responsable, en la actualidad, de ‘Agents of SHIELD’, pero empezó a hacerse notar gracias a su participación en ‘Dr. Horrible’s Sing-Along Blog’, una serie web que Joss Whedon concibió y rodó durante la huelga de guionistas de la temporada 2007/08.

Los dos aportaron canciones, principalmente, a la historia de un aspirante a supervillano que se enamora de una chica a la que también pretende un arrogante superhéroe, y después tuvieron la oportunidad de probarse como guionistas de ‘Spartacus’. La serie de Starz contaba de nuevo la revuelta de Espartaco contra Roma con un estilo visual muy dramático, con sexo y violencia muy explícitos, y con el paso de las temporadas, bastantes críticos acabaron encontrándola mucho más interesante de lo que parecía en un principio.

Cinco capítulos imprescindibles

  1. ‘Needs’ (1×08)
  2. ‘Epitaph One’ (1×13)
  3. ‘Belonging’ (2×04)
  4. ‘The Attic’ (2×10)
  5. ‘The Hollow Men’ (2×12)

Ficha

Cadena/nacionalidad: FOX/Estados Unidos
Creador: Joss Whedon
Año: 2009-10
Reparto: Eliza Dushku, Tahmoh Penikett, Olivia Williams, Fran Kranz, Dichen Lachmann, Enver Gojkaj
Temporadas/capítulos: 2 (26)